Netflix estrenó documental que narra la historia del líder de la secta de Colliguay
Dos años demoró en manipular la voluntad de los seguidores, dice Cristián Jiménez, miembro del equipo de la PDI que realizó el perfil sicológico de Ramón Castillo.

Pablo Undurraga estaba tomando ayahuasca cuando vio que Ramón Castillo, líder de su grupo espiritual, se había transformado en la imagen de dios que siempre había tenido en su cabeza. No dijo nada, pero al amanecer, mientras ambos se trasladaban en una camioneta, Pablo le preguntó a su mentor si realmente era una divinidad.
Undurraga relata en el documental de Netflix «Antares de la luz: la secta del fin del mundo» (dirigido por Santiago Correa), que Castillo, quien aseguraba ser un dios ante sus seguidores, comenzó a prepararlos para un supuesto fin del mundo. Así transformó a la agrupación en una secta de siete personas que luego serían condenadas por el homicidio de un recién nacido.
«El nombre social de Ramón Castillo era Antares de la Luz, que es estrella más brillante de la constelación de Escorpio», relata el comisario Cristián Jiménez Quijada, sicólogo forense del Instituto de Criminología (Inscrim) de la Policía de Investigaciones (PDI). Su equipo realizó el perfil sicológico de Ramón Castillo, quien se suicidó en Perú luego de que la policía diera a conocer el caso.
«Él tenía estudios universitarios de música y pasó varios años haciendo talleres de sanación», prosigue el comisario. «No formó la agrupación de un día para otro y tampoco les transmitió ese mensaje del supuesto fin del mundo en un primer momento. Fue un proceso de unos dos años lo que demoró en manipular la voluntad de los seguidores, quebrarlos y reducir al mínimo el pensamiento crítico de las siete personas que fueron condenadas. Fue por etapas. Castillo usó todas las etapas de conformación de sectas que están descritas en estudios, que son la persuasión, la conversión y el adoctrinamiento. Y la persuasión tiene una subetapa que se llama seducción».
¿Cómo seducía Ramón Castillo, comisario?
«A través de los talleres de sanación. En esas instancias las personas asistentes veían algo llamativo en él, las seducía con su labia y con su discurso. Tenía esa habilidad de transmitir mensajes y encantar a la gente. Al comienzo hacía talleres reducidos, después organizaba retiros, hasta que finalmente formó una comunidad. La gente llegaba a él porque pegaba afiches en universidades»
¿Qué querían encontrar esas personas?
«Tenían inquietud por buscar explicaciones de las cosas. Los adeptos a las sectas, en general, tienen carencias o eventos críticos en sus vidas que los hacen buscar cosas nuevas. Son personas inteligentes, con un nivel de vida que les permite cuestionarse cosas y buscar explicaciones de la vida y la muerte. Al comienzo era eso. No podía decirles que se acercaba un supuesto fin del mundo porque la gente podía salir corriendo. Eso lo hizo cuando logró rellenar sus carencias».
¿Y en qué momento un taller se convierte en una secta?
«En la etapa de persuasión, que es la primera, y que es cuando Castillo instauró en sus seguidores una necesidad de cambio. En esa instancia los integrantes del grupo cambiaron sus nombres y los designó como ángeles o arcángeles. Castillo logró que sus seguidores creyeran en un mundo dicotómico, donde solo existía el bien y el mal. Ellos eran el bien y los otros el mal».
¿Cómo logró que creyeran eso?
«Es un proceso de conversión, esa es la segunda etapa. Los miembros de sectas son personas que necesitan encontrar un sentido de pertenencia o identidad. Para entregarles eso, Castillo los hacía sentir importantes y únicos. Decía que todos tenían dos almas y que, por ejemplo, Barack Obama era una proyección de una de esas dos almas que él tenía. Eso mismo fue haciendo con todos los integrantes: les dijo cuáles eran sus almas y sus nombres».
¿Qué hacía para mantenerlos unidos?
«Usaba técnicas de persuasión coercitiva donde lograba que los otros pensaran e hicieran lo que él quería. Es una manera de manipular en la que el otro pierde el sentido crítico y deja de cuestionar. Los refuerzos positivos eran la manera en que Castillo rellenaba las carencias de sus seguidores. Decía que tenían una misión y que se identificaban con un haz de luz. Sus seguidores eran portadores de la luz violeta, amarilla, azul, verde. Cada una tenía un sentido. Eso hacía que cada uno tuviese un lugar distinto en la agrupación y les daba sentido a sus vidas. El amarillo u oro era la alegría; el rosado, el amor; el verde, la sanación; azul, la fuerza. Al final, lo que hacía era que personas con carencias se sintieran útiles. También hacía refuerzos negativos como privarlos de sueño, de alimentación y los golpeaba».
¿Y el adoctrinamiento?
«Esa es la tercera y última etapa, cuando se consolida la identidad nueva. El adoctrinado es capaz de salir y reclutar porque pasó por las etapas previas. Es un fiel seguidor y mantiene al líder. Esto hay que entenderlo como una organización. Desde la sociología podemos decir que hay una estructura piramidal: Castillo era la cabeza y le seguían Pablo Undurraga y Natalia Guerra, madre de su hijo asesinado en un ritual de la secta».
«La gente llegaba a él porque pegaba afiches en universidades», Comisario Cristián Jiménez.


