«Como hijo único y regalón, mi mamá era celosa y no me dejaba ir a fiestas y ni tener novias»

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Cristian Campestrini, arquero de la U. de Conce, quiere jugar hasta los 48 años para romper récord

El portero, de 45 años, cuenta que con su pareja tiene un acuerdo: pasar Navidad y Año Nuevo con sus respectivos padres y reencontrarse luego en un aeropuerto.

Cristian Campestrini es un chiquillo de 45 años. Se comporta así. A su edad, cuando la jubilación ha sido sentenciada para la mayoría de los futbolistas profesionales, incluso para los arqueros como él, sigue viviendo del fútbol con ganas y pasión. Como niño.
Este año, el argentino fue figura consular en el título de la Liga de Ascenso con Universidad de Concepción y no tiene ninguna duda de que su carrera seguirá por unos años más y por una razón: «Mi meta es jugar hasta los 48 años para así romper el récord que tiene el mexicano Óscar Conejo Pérez quien jugó su último partido a los 47 años y algunos meses. Podría intentar hasta los 50 pero eso ya sería mucho. Pero quién sabe. El fútbol me encanta…».
¿Ser futbolista siempre fue su objetivo de vida?
«Ser arquero de fútbol, en específico. Desde los cinco años que juego al arco y nunca he salido de ahí. Es raro, pero nunca me llamó la atención jugar para hacer goles. De hecho, mi ídolo era Ángel Comizzo cuando él atajaba en River Plate».
¿Era de los que pasaba todo el tiempo jugando a la pelota?
 
«Era de esos mismos. Del colegio llegaba a almorzar y de ahí a la cancha de tierra o a la calle hasta que se escondiera el sol. Soy de San Nicolás de Arroyo, una ciudad que está a 250 kilómetros de Buenos Aires y a 90 de Rosario. Jugar era nuestra entretención en el barrio, con los amigos. No como ahora donde el amigo y la entretención es el teléfono».
¿Cómo andaba en los estudios?
«Era burro. Lo reconozco. No era por flojera sino porque me costaba. Nunca repetí de grado, pero andaba a los tumbos».
¿Y en la casa no le alentaron a que estudiara algo en vez de ser futbolista?
 
«Todos los viejos esperan que sus hijos estudien y en mi caso también, pero siempre me apoyaron. Yo fui hijo único y como familia vivimos hartas necesidades así que la idea era salir adelante con lo que se pudiera».
¿Tuvo muchas carencias?
 
«La verdad es que sí. A mi viejo (Benito), que es carpintero, lo estafaron cuando quiso tener un galpón para trabajar.
Yo tenía como cinco años y mi papá lo perdió todo y tuvo que empezar de cero. Mi mamá (Marta Ciladi) tuvo que hacerse asesora de hogar. Nos fuimos a vivir a casa ajena, con mis abuelos maternos (Santiago y Estela) y yo usaba ropa de segunda mano que nos regalaban. Fue duro, pero salimos adelante. De hecho, mi viejo aún trabaja como carpintero. Yo nunca aprendí el oficio, pero, al menos, salí futbolista».
Como hijo único debió haber sido súper regalón.
«Claro, desde que ingresé a Rosario Central, mis viejos siempre me acompañaron a los entrenamientos y partidos que pudieron. Tomar el micro y viajar 90 kilómetros de ida y otros 90 de vuelta no era fácil para ellos, pero lo hacían. Eso no se olvida».
 
Igual los padres suelen ser estrictos al máximo con el hijo único.
«Lo eran. Y a la antigua, más encima. Cuando uno hacía una travesura o no cumplía con los deberes tiraban un chancletazo. Yo recibí varios. Hoy eso no se puede hacer. A uno lo denuncian por eso».
¿Eran aprensivos también con usted?
«Más que eso, mi vieja siempre ha sido celosa. De hecho, siendo adolescente, como hijo único y regalón, mi mamá no me dejaba ir a fiestas y ni tener novias. Decía que era para cuidarme, para que jugara sin problemas, pero, en verdad, yo creo que fue el efecto de ser hijo único».
Debe haber sido difícil entonces para usted establecer una relación y hacer familia.
«La he logrado hacer de todos modos. Me casé, tuve dos hijos (Catalina, 16, y Valentín, 12) y me separé hace 11 años. Hace nueve años inicié otra relación con Carolina (Palmas) y hasta hoy estamos juntos».
 
¿La conoció por el fútbol?
«Más bien, para mí, gracias al fútbol. Nos conocimos en el aeropuerto. Yo iba a México, a jugar a Puebla tras estar en Olimpia de Paraguay y ella se iba a Europa, porque es diseñadora de modas…».
 
Ya, pero no se ve conexión lógica. ¿Cómo fue que llegaron a conocerse en el aeropuerto?
 
«Yo la vi y fui a conversarle…».
Encaró…
«Jajajá. Sí. Entré como buen delantero que no soy y pude conseguir su teléfono. Cuando llegué a México le empecé a mandar whatsApps y me contestó como a los cuatro días. Ahí empezamos a hablar, luego la invité a México. Desde ahí que estamos juntos».
¿Ella es argentina?
«Argentina, pero como no es de mi ciudad, sino que de Azul, cerca de Tandil, cuando estamos allá nos separamos para estar cada uno con sus viejos. De hecho, es lo que hacemos en esta fiesta de fin de año…».
¿Cómo así?
«Navidad y Año Nuevo la pasamos cada uno con sus viejos y familiares. Nada de uno y uno».
¿Y después se juntan?

«Sí, pero sólo en un aeropuerto para partir juntos donde me lleve el fútbol. El próximo vuelo aún no está definido…».

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