Los asiáticos llevan la delantera previniendo catástrofes
Luego del desastre en kobe, donde murieron más de seis mil personas y la gente se lanzó a saquear, los nipones aprendieron la leccion.
«La indolencia puede ser nuestra peor enemiga. En el pasado, olas de apenas dos metros causaron graves daños. por favor no se acerquen al mar bajo ninguna circunstancia». Yukio Hatoyama, Primer Ministro nipón, explicó con peras y manzanas por qué su gobierno decretó alerta general de tsunami sólo horas después de conocer la magnitud del reciente terremoto en la lejanísima zona central chilena. Según estimaciones de la Agencia Japonesa de Meteorología (JMA), marejadas de hasta tres metros de altura podrían azotar sus playas.
Era primera vez en 17 años que las autoridades daban la orden de evacuar áreas densamente pobladas. Policías, bomberos y funcionarios públicos recorrieron el litoral al suroriente de Tokio previniendo con megáfonos a la población; en el océano, lanchas de la guardia costera advirtieron a las embarcaciones menores que regresaran a puerto y a los grandes buques que aguardaran mar adentro. Para quienes no se dieron por enterados de los avisos difundidos a través de radio y televisión, sirenas instaladas en las playas no cesaron de ulular.
Los medios reportaron que familias completas se albergaron sin dudar en escuelas y otros edificios públicos situados en partes altas; otras cargaron sus vehículos con bolsas de provisiones y ropa de abrigo preparadas desde mucho tiempo antes para estas contingencias. Se calcula que al menos 250 mil personas fueron evacuadas gracias al plan oficial; otras decenas de miles se refugiaron por su cuenta. «Las olas podrían ingresar varios kilómetros tierra adentro; a fin de garantizar su real seguridad, la gente debería subir a una altitud tres veces mayor de la estimada para las eventuales marejadas», subrayó en una conferencia de prensa Yasuo Sekita, jefe de la agencia meteorológica.
Onemi de Japón
Los servicios ferroviarios permanecieron interrumpidos ese 27 de febrero y las autopistas vecinas al mar fueron cerradas. Industrias y negocios quedaron resguardados de los amigos de lo ajeno por firmes puertas de acero; las plantas eléctricas y nucleares siguieron operando, confiadas en que las estrictas medidas de seguridad aplicadas durante su construcción les permitirían resistir hasta un maremoto de intensidad brutal.
Al cabo, el anunciado «tsunami» fue sólo una pequeña racha de olas de diez centímetros de alto que anegó algunas calles de la isla de Minamitori, dos mil kilómetros al sur de la capital. La alerta fue levantada por la JMA -que opera como una suerte de Onemi nipona- tras doce horas de nerviosa espera.
¿Valía la pena armar tanta alharaca? Claro que sí: en el país del Sol Naciente saben muy bien que el exceso de celo siempre será bienvenido en estos casos y que un cataclismo en cualquier lugar del Océano Pacífico puede dejar la tendalada en su territorio.
Chile golpea a Japón
De ese riesgo tomaron conciencia en 1960, cuando el sismo más fuerte de la historia moderna generó un tsunami que cruzó el océano para llevarse un día después la vida de 140 japoneses. En su mayoría se trataba de pescadores que no tenían idea de la devastación causada por un terremoto en Chile y que de pronto fueron arrastrados por olas de metro y medio de altura. El epicentro, por cierto, había sido en Valdivia.
Hoy, las pequeñas caletas niponas cuentan con diques de contención que actuarían como barreras en caso de un maremoto. «No es posible comparar la actual situación con lo que pasó cincuenta años atrás, pero siempre será crucial evacuar», comentó una vez que volvió la calma Masaaki Kubo, dirigente sindical pesquero.
Tal como Chile, Japón es un país telúrico y su legislación establece severas normas que buscan aliviar las consecuencias de los terremotos. El uso de materiales asísmicos, rigurosos estudios de suelos y la separación entre las edificaciones son controlados por funcionarios especializados antes de autorizar el inicio de cualquier construcción. Los niños son educados para saber cómo comportarse bien frente a estas catástrofes; los adultos reciben información periódica respecto a la seguridad en casas y oficinas. En los folletos se reiteran recomendaciones obvias -pero usualmente dejadas de lado- como no colocar muebles que puedan caer cerca de camas o estaciones de trabajo.
Si existe un ejemplo a seguir en lo relativo a prevención, ése es Japón. Implantado el 2007, su «Sistema de Alerta Temprana de Terremotos» es considerado el más sofisticado del planeta. Sustentado más en el sentido común que en la tecnología, permite a la ciudadanía reaccionar con presteza ante un desastre: a simple vista, no parece tan caro ni complejo de implementar en naciones como la nuestra.
Aviso oportuno
La «Alerta Temprana» funciona así: apenas los sismógrafos repartidos por el país detectan los primeros indicios de un temblor que podría ser intenso, los computadores de la JMA envían una señal a las televisoras y radiodifusoras nacionales. En forma automática, en todos los canales de TV aparece un mensaje de advertencia; en las radios, una alarma cumple similar rol y en las calles suenan las sirenas. Así, antes de que el movimiento sea perceptible para el ser humano, muchos ya están en un lugar seguro. En promedio, son diez segundos de luz que pueden salvar miles de vidas. Hoy se trabaja para que la alerta también pueda ser transmitida en instantes a celulares y servicios de chat de internet.
La instrucción oficial, en pocas palabras, es mantener la calma y ponerse a salvo de inmediato. Dentro de las habitaciones se recomienda guarecerse bajo las mesas; en la calle, hay que alejarse de estructuras inestables como panderetas o vidrios. Los conductores en marcha deben frenar lentamente sus vehículos y avisar al resto con bocinazos o cambios de luces. En el transporte público la orden es afirmarse con fuerza a los pasamanos; en los ascensores, parar y salir cuanto antes.
Japón no está en condiciones de garantizar el «terremoto perfecto» -aquel donde la mayor intensidad del sismo no multiplica la cantidad de víctimas-, pero las autoridades laboran día a día con ese fin. Quince años atrás, el 17 de enero de 1995, más de seis mil personas murieron a raíz de un temblor de 7,2 º de magnitud que devastó al puerto de Kobe y dejó por el suelo su red de autopistas: ni el desarrollo económico ni las estrictas regulaciones impidieron que durante semanas buena parte del sur del país quedara sumida en el caos. «Los empleados municipales recorren la ciudad distribuyendo sábanas de material plástico para cubrir techos perforados o para improvisar refugios individuales. Muchas personas no desean abandonar sus derruidos hogares pues es lo único que tienen y ya se presentan los infaltables saqueos», consignó entonces la agencia Reuters.
Desde entonces, el gobierno asumió la responsabilidad de pensar cómo tragedias de esta magnitud causen cada vez menos muertos: en la última década, el territorio nipón ha sido sacudido por diez terremotos de más de 6,5 º de magnitud; en total, las víctimas fatales no suman un centenar. Los programas educativos machacados hasta ser aprendidos de memoria y el innovador plan de alerta temprana se enmarcan dentro de ese esfuerzo. «¡Mantenga la calma y asegure su integridad dependiendo de dónde se encuentre!», recalca el folleto explicativo que cualquiera puede revisar en el sitio de la sensata agencia meteorológica.


