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Título/Pie de foto: Leonardo Sanhueza
Leonardo Sanhueza
No sé si los diputados y senadores tengan presente que su escasa credibilidad no sólo se debe a los baches en su desempeño, sino que se remonta al tiempo de las campañas electorales, donde son muy pocos los que se abstienen de asumir una actitud de pedigüeños impenitentes. Están en vías de extinción los políticos que conservan cierta altivez, cierta autoestima esencial, que los aleja de mendigar y los lleva a creer en su carisma y en sus convicciones, seguros de que esa fuerza moverá todas las otras. Los demás, en lugar de ponerse a remar y mostrar adónde van sus naves, sólo piden y piden, no hacen otra cosa que pedir. Piden apoyo, piden atención, piden el voto, piden confianza y, por supuesto, también piden dinero, venga éste de donde venga, ya sea de manera legal, dudosa, turbia o bajo cuerda: a esas alturas del arrastramiento, qué puede importar.
En pedir hay una indignidad implícita, que rebaja cualquier estatura -moral, ideológica, intelectual o lo que sea- hasta el enanismo. A diferencia de la falsa promesa y de la megalomanía, que son relativamente inocuas para los políticos en la medida que representen alguna épica y se mantengan en el ámbito de la buena fe, su pedigüeñismo ya consuetudinario los sitúa de entrada en los últimos peldaños de la confiabilidad. Pedir es una forma de humillarse y, cuando eso se hace fuera de los espacios de la caridad y dentro de los de la ambición, es lo que antiguamente se representaba mediante la figura de venderle el alma al diablo, en la que la humillación que se está dispuesto a pagar por un favor es ni más ni menos que la condena eterna.
Los mendigos piden por necesidad, no tienen otra opción, ya han tocado fondo: por la razón que sea, han llegado a un punto en que la humillación es la normalidad de sus días. Para las órdenes mendicantes, en tanto, pedir es parte de una renuncia total, extremando la humildad en términos materiales: su humillación es, de hecho, un mérito en su actividad religiosa. Los bolseros, por su parte, no aspiran a nada más que a sacar provecho de cada ocasión que se les presente para pegarle el sablazo al prójimo: son básicamente hienas, gatos de campo, que no tienen nada que ganar o perder al ejercitar su desvergonzada vocación.
Aunque los políticos no son ni pobres mendigos, ni frailes mendicantes, ni bolseros de cantina, su descrédito ha difuminado de tal forma sus contornos que ya es difícil distinguirlos de esos tipos humanos, en cuya comedia ahora figuran pidiendo el raspado de la olla millonaria y otras perlas que, para ellos y sólo para ellos, han llegado a ser completamente normales.


