El gobierno regional de Coquimbo sacó un instructivo oficial prohibiendo a sus funcionarios el uso de jeans, zapatillas, faldas, poleras sin cuello y otras ordinarieces modernas. Las protestas han sido muchas. Máxime cuando también se pretendía obligar a los que boletean y saben que pueden ser despedidos cualquier día sin aviso. Afortunadamente los autores del invento están rectificando.
Pero uno se queda pensando en qué pueden tener en el mate unas autoridades que se divierten forzando a la gente a vestirse de un modo u otro. La razón esgrimida es que los funcionarios son parte de una imagen corporativa.
Uno como ciudadano se siente siempre mejor si el que lo tramita es un ser uniformado y no alguien en zapatillas o chascón. En zapatillas, hasta la eficiencia parece un poco sospechosa. El uniforme remite a la solidez institucional y no a la mera existencia individual de las personas. Las personas son perecibles, se enferman, se pueden irritar, se enamoran, en fin, están de paso. Son organismos, seres vivos y mortales. Pero los cargos son eternos, tienen un horario y una plaquita en la puerta.
Don Sergio Gahona, de 44 años, es el efímero intendente y líder de este gobierno regional al que se ha querido convertir en colegio. Uno palpa en su bando el amor de los chilenos y chilenas por el uniforme. Ya el propio Presidente obligó a los ministros a usar cortavientos rojos en la primera semana de su mandato. Les gustaba mucho ir todos iguales, con gesto resuelto y cara de qué simpático es esto, y así era más facil distinguirlos.
Uno observa a las señoritas de las isapres, a los militares y carabineros, a los escolares, a las enfermeras. Se ven muy bien en uniforme. Los sujetos pasan, pero el uniforme es permanente.
La idea de lo permanente es muy atractiva en un mundo de amenazas y desastres. Negar la individualidad de las personas sería, así, un paso hacia la felicidad, entendida ésta como un limbo sin mucha luz y sin mucha sombra donde nos dedicamos a hacer lo que nos dicen.
Otro concepto que aparece en el frustrado instructivo es la convicción de que a cada actividad corresponde un tipo de vestuario, así chaqueta para el trabajo, zapatillas y buzo para las horas libres, elegancias para las cenas, pijama o camisón para dormir, y nada de dormir con una polera o sin nada o salir a cenar con buzo. ¡Las cosas como son! El mundo sería un diseño eterno hecho por seres superiores, y lo que uno debe hacer es atinar con los modales, los trajes, los pelos y las horas de cada actividad previamente formateada.
El uniforme hace desaparecer las diferencias, reduce la incertidumbre, hace brillar la imagen institucional y convierte las zozobras cotidianas de la realidad en formularios, en preguntas y respuestas tipo. De las personas poco importa lo que piensen, lo que sientan, lo que anhelen bajo sus vestimentas corporativas. Son sólo personas, algo así como episodios colaterales.
Uno se queda pensando en qué pueden tener en el mate unas autoridades que se divierten forzando a la gente a vestirse de un modo u otro.


