La soledad del que revisa la pantalla es más fuerte que cualquier mala experiencia.
Hay pocos actos de fe más desnudos y brutales que comprar por internet. Sobre todo si se hace en sitios raros, de esos que te ofrecen alucinantes ofertas en China, Nepal o Chimbarongo con justo lo que sabías que no necesitabas, pero que de repente necesitas urgentemente.
El acto de fe empieza justamente en esas fotos con que los productos son desnudados en el sitio. ¿Quién puede saber que los colores ofrecidos son los que llegarán? ¿Y qué pasa con las tallas, las rayas en el vinilo, el número de páginas, el mango de la sartén?
En la virginidad preciosa de un producto que no puedes ni oler ni tocar, hay que creer.
Pero eso es solo el comienzo de la fe, porque luego hay que esperar, o desesperar, que una vez pagado el producto éste atraviese fronteras y carreteras, correos express y no tanto, y llegue envuelto en su camisa de fuerza de cintas y cartones.
Muchas veces algo, o más de algo, falla en el proceso y la ropa interior es demasiado interior para ponérsela, y la ropa exterior demasiado mal terminada para empezar a usarla. El libro que llega es otro y la cafetera italiana solo alcanza para una taza.
Pero nada de eso nos desanima para volver a intentarlo. Como ningún náufrago deja de mandar mensajes en las botellas por más que tenga que vivir devolviéndolas al mar.
La soledad del que revisa la pantalla es más fuerte que cualquier mala experiencia.


