Maldita sea, todo ha cambiado, repetía Coco Legrand en el escenario, y tenía mucha razón: el paso del tiempo es el gran tema de la existencia humana, pero no siempre es muy divertido.
No parece una idea muy original, pero, siendo políticamente correcta, la digo no más: el Festival de Viña es un bodrio, una pesadilla mediática, un artificio de autobombo histerizante, una máquina capaz de banalizarlo todo. Incluso el humorista filósofo (único personaje que, en la sesión inaugural, atizó por un momento la curiosidad de quien esto escribe), peligrosamente procaz en esta ocasión, gritó más de la cuenta en la velada de antenoche, como forzando en el público unas risas no del todo sinceras. «Maldita sea, todo ha cambiado», repetía Legrand, paseándose en el escenario, y en eso tenía mucha razón: el paso del tiempo es el gran tema de la existencia humana, pero no siempre es muy divertido. Él lo sabe. Es una opinión mía, también, pero para masticarla entre las cuatro paredes del cráneo, no bajo esos reflectores acaramelados.
De manera que con un elegante manotazo apagué el aparato y la mansión de tabiques que habito quedó a oscuras. A solas con mis pensamientos, adivinaba en la penumbra, sobre el escritorio, la presencia de esa otra pantalla azulina, la del computador. «Relájate», me dije, «es hora de dormir». Un zumbido interior me instaba a encender el notebook, aunque no sabía para qué. ¿Para comunicarme con algún prójimo distante? Sin hambre, sin sueño, sin sed, sentado ahí entre las sombras finales de un febrero demasiado fugaz, meditaba sobre el cambio de gobierno. Mejor dicho, sobre las tasas de desempleo que la próxima administración del país se propone reducir con la equívoca maniobra de aumentar la «flexibilidad laboral». Me sonaba al título de una novela que fue película brutal, con sicópata y todo: «Ya no hay lugar para los viejos», o algo parecido, según una traducción algo mañosa.
El humorista filósofo, en su fuero interno, debe estar de acuerdo también en eso. El desempleo, seguí diciéndome en la oscuridad, suelen combatirlo además incentivando la construcción a diestra y siniestra. Luego, mientras se elevan edificios de dudosa armonía arquitectónica, los funcionarios sonríen ante las cifras quizás descendentes. Desde lejos vemos a una legión de albañiles caminando por los andamios (uno o dos resbalarán desde la altura hacia el pavimento por falta de medidas de seguridad, y serán noticia), y experimentamos la sensación optimista de que todo va bien. Los trabajadores confesarán estar contentos de tener pega. Pero, ¿qué clase de trabajo es ése? ¿Enriquece acaso al ser humano como persona? Piénsenlo.
En la madrugada, víctima de un sonambulismo estático, prendí la tele un instante tan sólo, casi contra mi voluntad. Divisé en el cable a un conocido arqueólogo egipcio explicando algo en un documental sobre las pirámides, maravilla del mundo antiguo. Intuyo que sólo fue posible construirlas con el esfuerzo de miles de esclavos. O asalariados embrutecidos. «Pronto va a amanecer», me dije, «y voy a poder escuchar desde temprano el espantoso ruido de las sierras que cortan metal en el edificio que están levantando en la esquina». Pura contaminación acústica, una manera patriótica de quedar sordos. Casi tan buena como la idiota fanfarria del festival.


