Custodios de la tumba vacía

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Nada puede resultar más parecido a transitar por las páginas de una novela gótica que esta solitaria travesía nocturna que nos lleva a tientas por el intrincado laberinto de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en pos de la iglesia del Santo Sepulcro. Mientras avanzamos por la angosta callejuela llamada Vía Dolorosa, recordamos que estamos en el ombligo mismo de la cristiandad, donde, pese a la insistencia casi majadera con que el hijo del carpintero de Galilea predicó el amor y la hermandad entre los hombres, su tumba vacía desde hace siglos, tras su radiante resurrección, es motivo de contantes desencuentros entre religiosos católicos romanos, ortodoxos griegos, coptos armenios y sirios, los que se disputan desde hace siglos su custodia.

Es tan enconado y tan vivo el celo puesto en ello por las diversas iglesias, que apoyada en una cornisa del muro principal de la imponente basílica hay una escalera de mano que lleva allí la friolera de cien años, sin que nadie sepa qué diablos hacer con ella. Todo es tan sagrado y tan intocable aquí, que a ratos se cae en extremos absurdos, como lo han sido las ásperas reyertas generadas por la sombra de una imagen católica que cayó un día sobre el suelo del sector griego del templo, o el litigio suscitado por un monje ortodoxo que pasó el trapero dos baldosas más allá de las fronteras asignadas a la custodia de los griegos.

A causa de este ambiente, que está como para cortarlo con tijera, la llave del templo está desde hace ocho siglos en manos de una familia musulmana. Y es justamente con un representante de esta familia con quien nos encontramos al momento de abrirla, antes del amanecer. Se trata de Wayih Nuseibe, de 61 años, uno de los dos custodios musulmanes de la llave del Santo Sepulcro. Él es quien echa llave a los cerrojos de la basílica cada día al anochecer y los abre poco antes de que salga el sol. Nuseibe y su familia musulmana son los árbitros que por centurias han evitado que el celo cristiano pase a mayores, y que una u otra iglesia, al hacerse de la dichosa llave, impida el ingreso de otros fieles que los suyos propios al Sancta Sanctorum del mundo cristiano.

Nuseibe, un hombre que en nada se diferencia de un comerciante de Patronato, vestido con abrigo, sombrero y corbata, cumple con orgullo esta función neutralizadora que ha recaído sobre su familia. Cada día camina desde su casa, en el llamado Barrio Musulmán de la Ciudad Vieja, a cumplir con su importantísima función ad honorem. Sólo en Semana Santa la familia musulmana de Wayih entrega la llave, como algo excepcional y extraordinario: el Jueves Santo a miembros de la Iglesia católica romana, a los ortodoxos griegos el Viernes Santo y a los armenios el Sábado de Gloria, los mismos que deben devolverla de inmediato, una vez realizado sus rituales, en las manos de Nuseibe o de su hermano menor.

El guardallaves sonríe bajo el bigote entrecano con una serenidad algo socarrona, propia de la gente de su pueblo, y podemos oler el aroma a café turco con cardamomo que acaba de desayunar, como hace cada noche, antes de disponerse a cumplir generosamente su labor arbitral. Tras acompañar al simpático y sencillo llavero del Santo Sepulcro, nos alejamos por la red de pasadizos, pensando en que, según hemos sido testigos oculares, no sería nada de raro que las llaves del Cielo, en lugar de guardarlas san Pedro, como nos han contado hasta el cansancio, las guardara el mismísimo profeta Mahoma.
Todo es tan sagrado y tan intocable en el templo del Santo Sepulcro, que a ratos se cae en extremos absurdos.

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