De Coquimbo soy y vengo cantando

Fecha:

La gloria, tantas veces esquiva, se volvió certeza.Un equipo modesto, sin grandes nombres, había torcido el destino con una lógica simple y brutal: el esfuerzo hasta que el azar se rinde.

En los segundos finales el tiempo se detuvo. Los jugadores de Coquimbo se pasaban la pelota con una calma que desafiaba toda lógica, como si cada toque contuviera los años de espera del puerto. El balón iba y venía entre camisetas amarillas, viajando por la historia: los ascensos, los naufragios, las ilusiones perdidas. Al frente los hombres de La Calera observaban resignados, testigos de una escena que parecía escrita desde antes. Entonces el Sánchez Rumoroso, cuyo nombre durante décadas apenas fue drama y rumor, se estremeció. Era como si todo el cemento, el viento y la herrumbre hubiesen esperado ese momento para redimirse.
Ahí terminó el partido y comenzó el mito. Justo antes del estallido de júbilo hubo una respiración colectiva. El murmullo del mar, confundido con la hinchada, entró al estadio. La gloria, tantas veces esquiva, se volvió certeza. Un equipo modesto, sin grandes nombres, había torcido el destino con una lógica simple y brutal: el esfuerzo hasta que el azar se rinde.
El relato histórico afirma que Coquimbo sufrió asedios y saqueos y que de esos piratas heredó un carácter: el coraje de no obedecer. Sesenta y siete años navegando entre el drama y el olvido, defendiéndose en Primera con uñas, dientes y la dignidad oxidada de los viejos cañones. El club que nunca se rindió volvió a demostrar que los milagros existen, pero sólo para los que resisten.
Esteban «Chino» González, técnico debutante, manejó el barco con sobriedad monástica. Desde la orilla observaba con el gesto contenido de quien sabe que la épica se trabaja, no se declama. Frente a él, Diego «Mono» Sánchez defendía el arco con la furia y el rito del payaso que también es profeta. En su pelo verde esmeralda y en cada salto al ángulo había algo de penitencia, una manera de limpiar los pecados de la historia. El puerto lo siguió como se sigue a los locos iluminados: no por lo que atajan, sino por lo que encarnan.
Más arriba, Cristian Zavala corrió como si persiguiera su propio pasado. Volvió al puerto que lo vio partir y, en su regreso, encontró redención. Cecilio Waterman aportó los goles con esa mezcla de potencia y calma que viene de otros mares. Pero el verdadero pulso del equipo fue Sebastián Galani, el capitán sin estridencias. Líder callado, de mirada firme, que entiende el costo exacto de la victoria y no necesita decirlo.
En la galería, los viejos reconocieron ecos del pasado. Los de José Sulantay en 1991, cuando el fútbol era promesa. Los de Raúl Toro en 2005, cuando convirtió la escasez en arte. Y más atrás, los brasileños Liminha, Torino y Bene, los de 1979, que trajeron samba a La Pampilla. Todos estaban ahí, invisibles, mirando cómo el tiempo cerraba su círculo.
Fue en el minuto 74. Benjamín Chandía, hijo del valle del Elqui, tomó la pelota al borde del área. Otro silencio: el golpe seco del empeine, la pelota entrando junto al vertical y el estadio entregándose al delirio de los campeones por primera vez en 67 años. Ya de noche, Coquimbo se volvió una fiesta lenta, de muelle y espuma. En los bares sonaron Los Vikings 5: «De Coquimbo soy y vengo cantando». Nadie dormía. Porque el fútbol, a veces, no es sólo memoria ni revancha: es la forma que tiene un pueblo de recordarse vivo.

Compartir:

Hoy en lun.com

Tendencia

Artículos Relacionados

$2.831.336.713: detalles de polémica auditoría por remodelación en ministerio de la Mujer que partió en 2023

Exministra Antonia Orellana rechaza el peritaje La subsecretaria de la...

Entretelones del tenso cruce entre Gala Caldirola y Coté López

La española habló anoche en Primer plano sobre su...

Pamela Díaz sentenció a Mago Jiménez y Pinilla: «Son un par de fallados»

Así los tachó la animadora en un podcast Tras el...

Ojo si se topa con alguno de estos cascos: los robaron de un museo

Hay piezas de Eddie Irvine, Clay Regazzoni y Eliseo...