Entre la Alison Mandel de anoche y la de su último paso por la Quinta sólo veo crecimiento.
Cuando Alison Mandel pisó por primera vez la Quinta Vergara, el 2018, era y estaba demasiado tierna para ese escenario (independiente de que en esa ocasión también logró dos gaviotas, como este año). Esa vez, cuando la presentaron Rafael Araneda y Carola de Moras, abrió su rutina festinando con la imposibilidad de las mujeres de resumir una historia que le cuentan a una amiga. Anoche partió compartiendo que le dice a su suegra: «Yo vivo con un h… que usted crió y lo hizo como el p…».
Es parte de la madurez personal y profesional expresarse como lo hace uno en su círculo familiar, con los más cercanos en un bar, y dejar de lado ese modito de deliberada ingenuidad que no calza con la edad ni con lo que realmente piensa quien lo emplea.
En los 50 minutos que duró la presentación de la rubia demostró una notoria evolución, no sólo en el tono, sino también en la solidez de su texto y en la trascendencia del enfoque. Baste decir que mientras el 2018, al agradecer el cariño del público, saludaba a sus gatitas, ayer en ese mismo instante reivindicó a todas las mujeres que seguían trabajando luego de ser madres, como ella.
Alison Mandel es alevosamente encantadora. Es de esas personas que aunque no suelten una sola palabra de todos modos caen bien. Con solo pestañear. Pero no se conforma con eso, va más allá, lanza reflexiones brillantes y se da maña para identificarnos a muchos con las situaciones a las que hace alusión.
Esta segunda incursión en la Quinta sorprende más mujer y más comediante a la… iba a decir «a la esposa de Pedro Ruminot». Hace unas horas él pasó a ser el marido de Alison Mandel (sí, con la capucha y el chuzo).


