Yo no sé qué diría el poeta Juan Guzmán Cruchaga cuando con un grado de irresponsabilidad estética pavorosa a mi juicio, Felipe Camiroaga elogia la «poesía» de las letras huecas del seudoantipoeta total -tal es su brillo falso- del empalagoso y cursilón Ricardo Arjona. A modo de corolario, el presentador lo eleva a la categoría de «enorme, enorme artista». No soy el dueño de todas las perspectivas, y me declaro tolerante, buena onda, democraáico y gran escuchador de opiniones diversas.
Es más, predicó la frase de Humberto Maturana «la objetividad está entre paréntesis». Sé que el punto de vista crea el objeto, como dice el lingüista Ferdinand de Saussure, y Arjona puede repletar estadios y llenarlos de gritos histéricos. Un gallinero que cacarea por todo, y nada, pero, por favor, no nos dejemos engañar: de artista Arjona tiene la pinta y las zapatillas, y de poeta. la mirada. Su mirada es poética, sin duda, como toda mirada.
Un breve análisis. Las rimas de sus monótonas canciones son paupérrimas, pobres, mecánicas, casi todas terminadas en infinitivos ar, er, ir. Mitad/ sensibilidad; hablar/ adelgazar; amar / libertad. Lo que Ignacio Valente llama «El peligro de lo obvio». En este caso, el peligro pasó: todo en el seudoseudoseudopoeta es accidente.
Tomó un tallercito literario y descubrió la fórmula de la paradoja que permea, campea y remea casi todos sus quejumbrosas canciones que engañan hasta a los oídos más finos, en ciertos casos. Como los de mi esposa, que lo ama, por su pelo, su cara, su porte, su estampa. No por su poesía, ni su arte, que, en el 99 por ciento de su composiciones, forcejeadas, cursilonas, retorcidas, populistas a la vela, brillan, del todo, por su ausencia.


