El ex delantero uruguayo Diego Forlán disfruta su presente en familia
El Balón de Oro del Mundial de Sudáfrica 2010 está orgulloso de su hermana Alejandra:Ha sido un ejemplo de superación.
El uruguayo Diego Forlán (44) tiene un currículum que cualquier jugador del mundo quisiera: ganó el Balón de Oro como Mejor Jugador en el Mundial de Sudáfrica 2010 (fue, además, uno de los goleadores del torneo junto al alemán Thomas Müller, el español David Villa y el holandés Sneijder, con cinco tantos); fue dos veces Bota de Oro en Europa y Pichichi (con Villareal y Atlético de Madrid); y ganó la Copa América en 2011 con la selección uruguaya, que es, según asegura, «la alegría más grande que tuve como jugador. Es lo máximo ser campeón con la camiseta de tu país».
En su familia usted no es el único que logró esa Copa. Su padre, Pablo, también la ganó en 1967.
«Claro. Nadie sabe mucho, pero en mi familia, la Forlán Corazzo, somos récord mundial, porque somos tres los campeones de la Copa América: mi abuelo materno, Juan Carlos Corazzo, también la ganó como jugador».
Él fue entrenador de la selección uruguaya en el Mundial de Chile en 1962. ¿Le contó historias de ese torneo?
«Sí, claro, fue entrenador de la selección. Pero por desgracia, él murió cuando yo era muy chico así que no recuerdo que me haya contado historias o anécdotas de ese Mundial jugado en Chile. Pero la conexión con mi familia y este país tiene otro capítulo que seguro la gente ha olvidado: mi hermano Pablo, el verdadero Pablo Forlán, jugó un año en Santiago Wanderers de Valparaíso».
¿Por qué dice que él es el verdadero Pablo Forlán?
«Porque yo me llamo Diego Martín, pero mucha gente, por asociación de nombre con mi viejo, me dice Pablo. Incluso en la calle muchos me llaman así. Y lo gracioso es que lo tengo tan asumido que, cuando lo hacen, me doy vuelta y saludo, jajaja».
Esta familia futbolera, ¿será prolongada con sus hijos?
«De verdad que me encantaría que todos mis hijos fueran futbolistas. Tengo cuatro: Martín (8), Luz, (7), César (5) y José (3). Hasta ahora, eso sí, el único que ha dado muestras de estar encantado del fútbol es Martín, que está en una escuelita en Montevideo y que, a mi parecer, y no lo digo sólo como papá, creo que podría seguir la tradición familiar».
¿No tendría problemas con que su hija fuera futbolista? La sociedad sudamericana sigue teniendo resabios machistas.
«Yo no lo soy. Para nada. Si a mi hija le gustara el fútbol, me encantaría que jugara. El tema es que, por ahora, no le gusta».
¿Y qué dice su señora? ¿Ella también es futbolera?
«No, para nada. Mi señora (Paz Cardoso) fue seleccionada nacional de hockey y si bien vibra con la Celeste, es más fanática de otros deportes».
¿El deporte los unió?
«Para nada. Teníamos amigos comunes que nos presentaron. Y fue un acierto de ellos porque llevamos once años de casados».
¿Por qué decidieron volver a vivir a Uruguay como proyecto familiar?
«Porque era lo lógico. ¿Dónde más podría haber vivido, acaso?»
Usted jugó muchos años en Europa. ¿No cree que ahí tenía mejores opciones desde el punto de vista de la calidad de educación, de salud, de vida en general?
«Para nada. Nunca fue una opción precisamente. Estuve muchos años fuera de Uruguay y siempre mi intención era volver. Para mí, Europa era el lugar donde jugaba y donde, obviamente, era mejor estar desde el punto de vista económico. Pero allá estaba lejos de mis viejos, de mis tíos, de mis hermanos, de mis primos, de mis amigos. ¿Qué pasaría si hoy estuviese viviendo en Europa con Paz y mis hijos? Lo más probable es que, como me pasó como jugador, haríamos siempre lo mismo y viviríamos desconectados de las personas que queremos. En cambio, ahora, los fines de semana tenemos para elegir si comemos asado en la casa de mis viejos o en el de los de mi señora, o con alguno de nuestros hermanos. Eso para mí es tener una buena vida».
¿Su retorno a Uruguay también está asociado al trabajo en la Fundación que tiene con su hermana?
«La verdad es que la Fundación ya no existe como tal, porque mi hermana Alejandra, que era la inspiradora y la que encabezaba el proyecto, ya no tenía fuerzas para llevarlo a adelante, en especial con la pandemia en medio. Pero como familia seguimos haciendo labor de ayuda a los discapacitados en lo que podemos, como compra de sillas de ruedas, y también trabajo para la reinserción de ellos».
Alejandra sufrió un accidente que la dejó en silla de ruedas.
«Así es. Ella tenía 17 años e iba con su novio cuando chocó en automóvil. Su novio falleció y ella quedó inmovilizada de por vida».
Un golpe duro para todos ustedes como familia.
«Claro que sí. Durísimo. Pero este accidente que condenó a mi hermana a una silla de ruedas nos unió como familia. Y Alejandra nos dio muestras de superación como nadie. Ha estado 33 años en una silla de ruedas y es sicóloga y llevó adelante un proyecto para ayudar a gente que como ella tiene una discapacidad, pero no los medios para una vida digna. Estamos orgullosos de Alejandra».


