Demuelen enorme mausoleo callejero de joven que hacía encerronas

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Johan Riffo murió intentando robarle el auto a un carabinero

Historiador explica que hoy las animitas vinculadas al mundo del hampa, pretenden marcar presencia en los barrios.

Johan Riffo Chandía murió el 2 de junio del 2024, abatido por un carabinero vestido de civil, a quien intentó hacerle una encerrona en La Cisterna. Tenía 16 años y lideraba una banda dedicada al robo violento de vehículos. Su familia construyó una animita para recordarlo, que se convirtió en un lugar de culto para los delincuentes.
Estaba al frente de la casa de sus abuelos en el Pasaje Ancud de la Villa OHiggins, en La Florida. Junto a las fotos del adolescente había un mural de Gohan, el hijo mayor de Gokú en la serie «Dragon Ball Z», y la leyenda «Gohan es más valiente cuando está dominado por la furia».
«Era una animita especial. Tenía asientos y parlantes para escuchar música. La gente se sentaba a consumir alcohol. Muchos delincuentes llevaban las llaves de los autos que habían robado», cuenta el prefecto (R) y gerente general de Faith Security, Eduardo Labarca.
Este miércoles, Carabineros y Seguridad Municipal de La Florida demolieron el mausoleo. La familia de Riffo reaccionó con violencia: agredió a la policía y a la prensa y hubo dos detenidos.
El origen
La familia Chandía es un clan de la Villa OHiggins. «El abuelo comenzó como un ladrón no violento, hurtaba a gente que estaba en miradores. Toda su vida fue un hampón», asegura Eduardo Labarca.
Sus hijos siguieron la tradición delictual. Pero agregaron la violencia. Los tíos de Johan registran prontuarios de tráfico de drogas y robo.
«Giuliano (Morella Chandía), el hermano de Johan, fue detenido luego de realizar un turbazo a una casa en Pirque, donde golpearon duramente a los dueños y una menor se escondió». A sus 29 años, cuenta con más de siete ingresos y salidas de centros penitenciarios.
Pamela Chandía fue detenida junto con su hijo Giuliano. Durante el allanamiento al departamento donde ambos vivían, la policía encontró accesorios de vehículos robados, por lo que fue formalizada por receptación. También 25 llaves de autos.
Desde el campo
El historiador, académico y autor del libro «Ladrones», Daniel Palma, relata que este culto tiene su origen en la devoción de los antiguos delincuentes a la Virgen de Monserrat. «Iban a su santuario en la avenida Independencia y se encomendaban antes de salir a robar», rememora.
El culto a través de animitas, dice, es más reciente: «Tiene su origen en áreas rurales, donde por momentos hubo una cierta admiración por algunos bandidos, en la medida que eran considerados justicieros de la sociedad. En función de aquello eran venerados a través de altares».
Palma enumera a algunos bandidos que fueron inmortalizados por el fervor popular. Como el Huaso Raimundo, un ladrón que se movía entre Melipilla y Santiago a comienzos del siglo XX y siempre llevaba un rosario. O Émile Dubois, famoso asesino en serie de Valparaíso. También Pancho Falcato, un carnicero devenido en un astuto ladrón.
«Muchas veces el personaje admirado tenía poco que ver con su trayectoria real. Más bien eran considerados trasgresores en la sociedad y ahí viene su culto. Representaban ciertos ideales que la población forja. Las animitas de la actualidad también están vinculadas con la ocupación del espacio público por parte de bandas y clanes familiares. Es una forma de marcar presencia en el espacio», expone Palma.
Eduardo Labarca dice que si bien este culto delictual se ha masificado en el hampa criollo, tiene sus orígenes en México y Colombia, donde los grandes narcotraficantes como Pablo Escobar, eran respetados.
«Johan murió haciendo una encerrona a un carabinero. Entonces ahí se forma la idea que hay un ángel, que es un delincuente igual que ellos. Anda robando el cielo, dicen en su jerga delictual, y le piden que los cuide cuando salen a delinquir», explica.

Daniel Reyes, alcalde de La Florida, lamenta que las animitas, que históricamente representaban expresiones populares, se transformen. «En los últimos años hemos visto cómo algunas de ellas se transforman en símbolos que hacen apología a la violencia y al crimen, y eso no lo podemos permitir».

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