Desconfiados versus precavidos

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La mala fe parece estar en el trasfondo de nuestros acercamientos a los demás. Mala fe significa pensar o creer mal del otro y de sus intenciones, más allá de la cortina de humo de la cortesía. Cada vez que un conocido nos invita a comer a su casa no podemos evitar una sospecha: nos quiere pedir algo.

Es una tontera dejarse llevar por este tipo de desconfianza. De esa manera no podremos vivir tranquilos jamás. Quiero decir, como método es mejor confiar a rajatabla en el prójimo y tener una plataforma psicológica en la que apoyarse si es que la relación trae una carga de decepciones.

En términos individuales yo confío en casi todas las personas que conozco. A los que sé incapaces de guardar un secreto les cuento aquellos secretos que en realidad quiero que se difundan.

Una de las tipologías humanas más desagradables corresponde a la de los desconfiados. Sus miradas huidizas están filtradas por una especie de nebulosa ploma, y sus silencios llenos de murmullos provenientes de un soliloquio discontinuo. Es gente que jamás acepta un gesto de amabilidad, como que se les pague la cuenta del restaurante. Creen que esa deferencia oculta un deseo de humillarlos, que el mensaje que hay detrás es: mira, pobre ave, déjame sentirme generoso a costa tuya, ya que todos sabemos que no tienes plata ni para mandar a la reparadora de calzado esos horribles zapatos polvorientos.

El desconfiado, como todos los viciosos, está»enamorado de sus síntomas» y los exacerba. Es capaz de gastarse una tarde en la Compañía de Teléfonos por una irregularidad en el cobro; estudia, boletas en mano, la colusión de las farmacias. Cualquier roce de la vida normal lo adjudica a una discriminación o a un abuso deliberado en su contra. Todo lo interpreta.

Conozco no pocos individuos que en relación a las otras personas se manifiestan como unos mal pensados, pero que frente a la realidad mantienen una confianza ilusoria. Se creen inmortales, como observó Barthes. Andan en bicicleta por Santiago como si estuvieran en Amsterdam. No ven peligros en ninguna parte, les dan el mayor crédito a los pitbulls, se ríen de las precauciones que uno puede tomar contra los delincuentes, no les temen a las aguas bravas ni a las quietas.

Es cosa de ver las noticias todos los días para tener una impresión de la realidad como una estructura permanentemente inestable. De ello uno puede hacerse una especie de decálogo del sobreviviente, entre cuyos puntos destacarían los siguientes: no creer que el pescado procesado no tiene espinas, aunque el envase diga lo contrario; no pasear a la bartola por caminos rurales desconocidos, porque sabemos que hay dueños de parcelas descerebrados que usan jaurías hambrientas; no subirse jamás a las tapas de madera de los pozos sépticos, porque generalmente la madera está podrida y uno podría terminar sus días ahogado en mierda; jamás cruzar una calle apenas nos dan la luz verde, porque invariablemente habrá un par de imbéciles que aprovechan el vuelo y pasan con luz roja. En fin, son tantas cosas. La última: no subirse por nada del mundo a los techos de las casas ajenas. Los techos son traidores de por sí: ocultan zonas endebles que pueden ceder con nuestro peso, instalaciones eléctricas brujas y mucha lata que puede originarnos heridas sépticas, si no mortales, en la caída.

 

Una de las tipologías humanas más desagradables corresponde a la de los desconfiados. Sus miradas huidizas están filtradas por una especie de nebulosa ploma.

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