Destruyendo al juez Garzón

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Hay una belleza maligna en ver cómo alguien acostumbrado a juzgar es juzgado él. Es como encontrar al dentista con dolor de muelas o al arquitecto con la casa derrumbada.

El juez Baltasar Garzón, el mismo que logró la detención en Londres del entonces fabuloso ex dictador Augusto Pinochet, y que ha llevado a la cárcel a terroristas, corruptos y abusadores de todo tipo, tiene que comparecer en estos días ante otros jueces. Lo acusan de prevaricación, es decir de tomarse atribuciones que no le corresponden, y de cohecho por el manejo de unas platas destinadas a unos cursos en Nueva York.

Hay una belleza maligna en ver cómo alguien acostumbrado a juzgar es juzgado él. Es como encontrar al dentista con dolor de muelas o al arquitecto con la casa derrumbada. La vida es circular, dialéctica, meditamos, mientras se desarrolla en Madrid este extraño drama judicial.

Al «señor Garzón»-como lo llamaban algunos chilenos con aire de insulto cuando ocurrió lo de Pinochet- lo suelen acusar de sensacionalista, de afanes de lucimiento. O de meterse en asuntos ya cerrados. Ahora pretendía investigar los crímenes del franquismo después de la Guerra Civil. Años atroces para muchos españoles que soportaron fusilamientos sumarios, trabajos forzados, cárcel, exilio, expropiaciones o discriminación por sus ideas.

Lo que pasa es que Garzón tiene swing, glamour; o sea, algo como de tigre en sus movimientos, y no sabe uno de ningún otro de sus colegas con esas características. Piensa uno en un juez y se le ocurre un rostro pálido, con mirada huidiza, sumido en las oscuridades, lentitudes y prisas súbitas de los juzgados. Garzón, en cambio, es un llanero solitario, un antiburócrata que va directo al meollo, y no ha temblado jamás ante un poderoso.

Entre nosotros fue quien investigó, además, las sucias platas del banco Riggs, de las que nunca más se supo, porque en Chile no nos da para garzonear mucho. Aquí todo termina un poco a lo compadre. Lo más parecido fue el juez Guzmán Tapia, al que también pellizcaron hasta hacerlo salir del Poder Judicial.

Ahora hay unos audaces que pretenden detener al papa Benedicto cuando viaje a Londres, acusándolo de encubrimiento de delitos de abuso sexual en contra de menores. Es el estilo Garzón que se globaliza. Nos parece audaz, pero quizá es simplemente coherente, a la vista de la información que ha ido apareciendo. En Chile, en cambio, anuncia el gobierno en el mismo día que se endurecerán las penas en contra de los abusadores de niños y que Benedicto XVI ha quedado cordialmente invitado a visitar el país.

En realidad, juzgar a Garzón puede ser novedoso. Pero resulta además feo, deprimente. Los cargos que se le hacen son poco creíbles. Uno ve allí más una venganza o un producto de la envidia que un deseo de evitar abusos. Si lo apartan del cargo, que es lo que le puede ocurrir, quedará desprotegido, después de haberse atrevido a algo tan sencillo como es hacer correctamente su trabajo.

Lo cierto es que en vez de suprimir a Garzón habría que inventar Garzones en todos los juzgados del mundo.

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