Dura de matar
Somos un país entero y diverso que no se puede volver a inventar de cero.
Una cosa es indudable, hemos aprendido mucho. Aunque, como suele ocurrir cuando aprendemos de verdad, solo aprendimos cosas que sabíamos antes. Sabemos, por ejemplo, que la derecha sigue siendo más o menos el 44% de la población. Que el otro 55% no es de izquierda sino que lo componen decepcionados y escépticos varios, más la izquierda que es más o menos el 30%.
Eso en cuanto a las cifras porque aprendimos otras cosas más importantes: que las asambleas no escriben constituciones. Que éstas la escriben mejor el tiempo y las costumbres. Aprendimos que nuestra historia no se puede dividir en pura luz y pura sombra, sino que en un continuo de contrastes que hay que asumir entero.
Sobre todo aprendimos que somos un país entero y diverso que no se puede volver a inventar de cero. Que la voluntad no debe hacer leyes sino que las tiene que hacer la razón y que ésta no es patrimonio solo de algunos.
Este ha sido el curso de Derecho Constitucional más caro de la historia. Un festival invaluable de egos, delirios y palabras que nos dejó donde mismo partimos. Solo con la conciencia de que hay algunas aventuras que es mejor no intentar sin mapa ni brújula, pero que tampoco con mapa y brújula se llega demasiado lejos. Como ese marinero que conquistó lo que creía era una playa lejana para descubrir que había llegado a su casa, hemos vuelto a nuestro hogar.


