Emilia Malig, residente del edificio afectado, comparte su casa con policías y bomberos
La estudiante no Concilia el Sueño antes de las 2 am: Para que voy a tratar de Acostarme mas Temprano Si Puede pasar cualquier cosa.
Como todas las mañanas, Emilia Malig se movía apresuradamente por el living de su casa juntando sus cuadernos para ir a la Universidad. Mientras se despedía de su familia aprovechó de peinar su largo pelo, se colocó una bufanda y colgó el bolso en su hombro para partir a clases. Pero justo antes de salir de su departamento, la estudiante recibió un consejo que le pondría los pelos de punta a cualquiera: «Emilia, quiero que te cuelgues la cartera hacia adelante y la protejas con tus manos. Abrígate y, recuerda, siempre atenta».
Aunque la recomendación podría haberla dicho cualquier padre aprensivo, la frase corresponde al fiscal Jorge Martínez, a quien Emila se acostumbró a ver en su departamento desde el pasado 2 de agosto. Hasta esa fecha, el pirómano de Las Condes había realizado ocho ataques en basureros y bodegas del edificio Colón 5500. Días después, la comunidad aguantó tres embestidas más.
Emilia, hija de María Luisa Velasco y Bernardo Malig, ambos integrantes de la junta de vigilancia del edificio y voceros de la comunidad, saluda a policías, bomberos y al fiscal de la Zona Oriente como si fueran íntimos. «Mi living se convirtió en un centro de operaciones para la Fiscalía», explica Emilia, muy relajada para la dura realidad que le ha tocado enfrentar.
Pero la chica de 21 años no solo ha tenido que aguantar que su casa sea invadida por extraños. Desde que los ataques del pirómano se convirtieron en una constante en su vida, las noches ya no son las mismas. Las pantuflas que dejaba al borde su cama fueron reemplazadas por zapatillas y no logra conciliar el sueño antes de las dos de la mañana: «Para qué voy a tratar de dormirme más temprano si puede pasar cualquier cosa», comenta. Además, sus papás, quienes tenían la costumbre de acostarse a eso de las diez de la noche, cambiaron sus horarios por completo y Emilia no se queda tranquila hasta que lleguen a la casa. «No tengo ganas de salir a carretear. Siento la necesidad de estar en mi casa con toda mi familia», agrega.
Todos son sospechosos
A principios de julio, cuando el pirómano incendió un par de basureros, Emilia aún no le daba mucha importancia al asunto y sus energías estaban enfocadas en las vacaciones de invierno.
Pero cuando se enteró que la bodega de Pilar Cox, su vecina, había sido atacada, la estudiante entendió que no se trataba de un par de incidentes aislados. «Ese episodio me llamó la atención porque, de los incendios en un basurero, saltamos a una bodega y quizás qué podía pasar después», confiesa inquieta Emilia.
Dicho y hecho, el autor de los delitos continuó incendiando más bodegas, a lo que sumó un sillón en la sala de los funcionarios y una fuga de gas en un departamento del primer piso. «Al principio sólo atacaba miércoles y jueves en la mañana. Después pasó a la noche y el último amago fue un sábado», relata la estudiante, que si bien reconoce estar más tranquila con la presencia de Carabineros, asegura que «el culpable de todo esto se está riendo de nosotros».
Aunque la vida de Emilia cambió hace un mes, toda su familia coincide en que desde el jueves 5 de agosto, los ataques del pirómano concentraron su atención por completo. Ese día, el delincuente atacó por primera vez a las 10:20 de la mañana, pero una vez que Bomberos controló la situación, Emilia partió a clases, pensando que era imposible que atacara por segunda vez. El pirómano no podía ser tan atrevido.
Luego de visitar a un amigo en la Clínica, la estudiante llegó a su casa a eso de 21:30, agotada. Cuando estaba por saludar al conserje, Emilia, que es «piti», notó que al final de los estacionamientos había un grupo de gente corriendo de un lado para otro. «¡Negra, quédate en la entrada!», le gritó su mamá, mientras el resto de los vecinos se preparaban para evacuar por décima vez. Supuestamente, el pirómano habría entrado a un departamento del primer piso por una ventana y causó una fuga de gas.
Una vez que la dueña del departamento afectado apareció, Emilia la invitó a su casa para que se calmara. Mientras tomaban un té, Antonia, la hija mayor de la familia Malig-Velasco se dio cuenta que toda su ropa estaba impregnada con hollín. «Ahora mi papá tiene una ropa aparte para ir a revisar los incendios», detalla.
Aunque trató de dormir una vez que su departamento se desocupó, la estudiante, haciendo caso al consejo del fiscal, repasaba en su mente una y otra vez las caras de sus vecinos, tratando de buscar al culpable. «Dos veces en el mismo día es mucho», pensaba Emilia. Mientras elaboraba un par de teorías, la joven fue a recorrer el estacionamiento junto a su hermano Joaquín en busca de pistas y luego hojeó un par de libros para distraerse. No recuerda a la hora que se acostó. «Es tanto el miedo que se vive en el edificio, que a veces pierdo la noción del tiempo», revela.
Luego de vivir una noche de aquellas, el desagradable reflejo de una baliza de Carabineros despertó a Emilia el viernes a las siete de la mañana. Para ella, episodios de este tipo ya se transformaron en una costumbre: «Cada vez que una ambulancia pasa por la avenida Colón me despierto», explica, cuando justo suena la alarma que anuncia el cambio de turno de policía. Emilia se queda en silencio y revisa que todo esté en orden. Las alarmas ya son parte de su rutina.
Humo en la cocina
Acostumbrada a que los ataques fueran miércoles y jueves, Emilia decidió trabajar el sábado en el local de sushi de su papá. Mientras realizaba su turno, la estudiante recibió un inesperado llamado de su vecina. «Cami, ¿me estás molestando? No puede ser», le dijo Emilia a su amiga. El pirómano había atacado de nuevo. Para no perturbar a sus papás, quienes ya estaban tranquilizando al resto de los vecinos, Emilia habló con su hermano y se enteró cómo había sido el undécimo ataque del pirómano.
Mientras la familia Malig-Velasco comía torta en la cocina, el padre de Emilia notó que desde las cerámicas de la cocina emanaba humo. Sin pensarlo dos veces, Bernardo soltó el plato e inmediatamente corrió a las bodegas esperando encontrar al culpable. En medio de la intensa humareda, el jefe de la junta de vecinos se dio cuenta que el pirómano se había reído de 72 familias una vez más.
En la última semana, los habitantes de Colón 5500 han estado un poco más tranquilos ya que, hasta el cierre de esta edición, no habían sufrido ningún ataque en seis días. Aprovechando la calma, los representates de la comunidad presentaron una querella por el delito de incendio contra quienes resulten responsables y aún cuentan con resguardo policial y municipal las 24 horas .
Sin embargo, los Malig-Velasco aún no pueden retomar sus costumbres familiares. Los «martes feliz» era el día que toda la familia se reunía y comían cosas ricas, pero cada vez que han tratado de juntarse, siempre surge algún imprevisto: «El otro día nos tocó el timbre una señora histérica diciéndonos que le habían dejado un mensaje extraño en su auto. Tenemos que lidiar con estas situaciones todo el tiempo», recuerda Emilia. Inclusive, su mamá ya es conocida como Ena Velasco, en alusión a la vocera de Gobierno, y también debe responder las interrogantes de la gente que la interrumpe en la calle.
«¿Sabís cuál es el tema? Quién hizo esto y cómo pueden resolver el caso», confiesa Emilia, quien no olvida que el pirómano de Las Condes ya atacó once veces sin que nadie lo encontrara en el lugar de los hechos.
«Es tanto el miedo que se vive en el edificio, que a veces pierdo la noción del tiempo», revela Emilia.


