Eduardo: el último estoico

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No ganó, es cierto, pero tampoco perdió, hizo lo que podía, lo que sabía hacer.

Esta elección como todas, tiene ganadores, perdedores y neutrales. Pero tiene un solo héroe: Eduardo Frei Ruiz-Tagle. No sólo porque reconoció la derrota a tiempo, sino por la manera en que supo encaminarse a ella todos estos meses, sin escabullir el bulto, sin pedir perdón o permiso, dando la cara casi siempre, recibiendo no pocos rechazos pero logrando al final un resultado nada deshonroso. Casi un milagro si se piensa en todo lo que la Concertación se empeñó en hacer mal todos estos meses en que le tocó creer sólo en su posibilidad de vencer.

Si tuviera que enseñarles a mis hijas las virtudes estoicas, esas de Marco Aurelio y Séneca, estoy seguro de que pondría como ejemplo a Frei. No sé si ha leído a esos filósofos, pero sé que los ha comprendido mejor que casi todos los políticos que he conocido o leído, incluido su histórico padre. Ganar y perder, eso lo hace mucha gente, pero seguir, continuar, pero no desmayar, eso es virtud de tan pocos en Chile. Esperar tu momento demuestra astucia y sabiduría. Los hombres no esperan, no calculan cuál es su momento, están donde creen que deben estar en las buenas y en las malas, para la foto o el olvido. Da lo mismo que se equivoquen, permanecen contra viento y marea, enteros. Sobre todo enteros. Que Frei siga siendo Frei después de haber sido el diablo, Dios o nadie, después de haber visto que tantos cosas en que creía, que tantos amigos en que confiaban ya no existen, hablan a las claras de esa entereza.

Contra todo lo que cambia y no podemos controlar, Frei se mantuvo firme en lo que nadie podía cambiarle, en lo que era suyo y sólo suyo. No ganó, es cierto, pero tampoco perdió, hizo lo que podía, lo que sabía hacer. No bastó. El país no era el que creía conocer, sólo al final encontró algo parecido a un equipo, un mensaje, algo que explicarles a los chilenos. Confieso hidalgamente que muchas veces no entendí qué hacía en una contienda que no parecía entender. Ahora veo que estaba hecho de otro material, que tenía, que tiene un sentido del deber que yo no tengo, que tan pocos tenemos, que me hace falta, que nos hace falta a casi todos.

La tranquilidad con que recibió la derrota, que era cualquier cosa menos indiferencia, es seguramente fruto de una larga batalla consigo mismo. De esa batalla salió victorioso como pocos. En la otra no le bastó ni su esfuerzo ni su voluntad. No supo ganar, pero supo perder con sobriedad, con elegancia, con una solemnidad sonriente que, quizás, sea la manera más digna de decir adiós.

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