Educados para ser tontos

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En Chile se registran solo unas 140 solicitudes de patentes al año, mientras que en Corea del Sur, 12.400.

Teresa Marinovic

Esta es una columna especial: la escribo mientras estoy de vacaciones con mis hijos y quisiera que -sobre todo ellos- la leyeran. Lo que diré no es nada nuevo, me lo han oído decir mil veces, pero espero hacerlo de una manera distinta o tener mejor audiencia dado que publico en un medio de comunicación:

El país en que ustedes viven está en Latinoamérica, donde no hay ninguna ¡ojo, ninguna! universidad que esté dentro de las 100 mejores del mundo; y si esto se piensa desde el punto de vista de la producción científica, la cosa se pone peor.

No se trata de un dato que tenga que ver con la educación formal: en Chile se registran solo unas 140 solicitudes de patentes al año, mientras que en Corea del Sur, 12.400. Y si nos comparamos con países como Alemania, Japón o EE.UU., la distancia es mucho mayor. ¿Qué significa eso? Que los chilenos inventan poco, es decir, que tienen poca creatividad.

La cuestión no sería tan grave, si es que uno pudiera descansar en la idea de que estudiará una carrera decente, en una universidad mínimamente seria, y conseguirá, por tanto, un trabajo que le permitirá mantener el nivel de vida que ha tenido, o incluso mejorarlo.

El problema es que eso no será así. Porque las empresas de este país tenderán a perder competitividad, precisamente, por una razón fundamental: inventan poco. Porque sus servicios son malos. Y porque muchas de ellas funcionan, simplemente, debido a que tienen condiciones que los políticos hacen posible gracias a los aportes que reciben de ellas.

Si es que ustedes no desarrollan su imaginación y su talento para hacer cosas que otros no hacen, para hacerlas mejor, e incluso para inventar su propio trabajo, crear un producto nuevo o descubrir una forma distinta de hacer las cosas, irán a la ruina. Y cuando hablo de ruina, no pienso solo en la económica, sino en el triste espectáculo de una persona que no es capaz de darle algo de valor a su propia vida, a través de su trabajo.

La mala noticia es que la creatividad no se aprende en la universidad y mucho menos en el colegio, y es bueno que lo sepan desde ya, para que no se den por cumplidos por el hecho de tener buenas notas. «No por casualidad», decía García Márquez, que desde muy niño había tenido que suspender su educación… para ir a la escuela.

En el despertar de una pasión, de un interés, está la primera clave. En su cultivo, la segunda. Y para eso, es necesario desafiar el instinto asesino del colegio que, por lo general, logra matar cualquier tipo de inquietud.

Esta columna es especial porque está pensada para mis hijos, pero es de interés para cualquier padre, profesor o estudiante que esté verdaderamente interesado en su educación; y debiera también impregnar el debate actual sobre la materia. Pero justamente porque no somos un país desarrollado, y porque ni siquiera lideran la discusión aquellos que se han dado a la tarea de educar a sus hijos o alumnos, pasará mucho tiempo antes de que el problema se resuelva. Por el momento, tengan presente que están siendo educados… para tontos.

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