Desde la ventana de mi pieza se ve un jacarandá muy alto que pertenece al jardín de al lado. Su follaje «etéreo, tardíamente caduco», de hojas «distantes, caedizas, opuestas», y sus flores violáceas producen una ilusión de profundidad. Uno como que queda suspendido, lejano al ruido externo y al del propio pensamiento, cuando hace contacto contemplativo con esa belleza indeterminada y prescindente, que parece haber sido puesta en el mundo para señalar la existencia de algo ajeno a él.
Yo he visto en los últimos años crecer con mucho ímpetu las clínicas y las universidades, y no sé por qué, habiendo tanto financiamiento, a nadie se le ha ocurrido dejar espacio en esos lugares para que sobrevivan unos cuantos árboles. Todo se resuelve en mazacotes de hormigón microvibrado, en interiores sin luz natural, en paneles revestidos cubriendo hasta el último centímetro cuantificable, en patios irregulares donde la mala voluntad dejó esparcido un montón de ripio a pleno sol.
Por cierto, son edificios hechos con un objetivo funcional, pero desdeñan la funcionalidad de los jardines perdidos, de las perspectivas, de la tranquilidad que los árboles nos entregan sin tener la menor idea. Estos edificios corporativos o institucionales desdeñan fundamentalmente la mirada: el «habitante» que definen pareciera que no necesita jamás poner los ojos en la distancia semivacía. Ejecuta un número diario de actividades prescritas y se va muy satisfecho para su casa, donde continúa con sus actividades.
En definitiva, lo que hoy se privilegia es más que nada el horror al ocio y a los ociosos. El deporte se entiende en el mismo sentido: como alternativa «sana» a los peligros de la dispersión.
Dándole vueltas al jacarandá me acordé de unos versos de Gabriela Mistral que ando acarreando en la memoria desde hace treinta años: «Cajita mía / de Olinalá / palo-rosa / jacarandá». Lo raro es que hasta hace un momento no sabía qué cresta significaba Olinalá. Lo averigüé: una localidad rural mexicana famosa por las cajas de madera lacadas que hacen sus artesanos. Se supone que es una tradición -era que no- de influencia china. Algunas de estas cajitas incluso ostentan la figura incrustada de un árbol de la vida, con dos pájaros confrontados.
Me imagino que Gabriela Mistral debe haber tenido una de estas cajitas y es probable que -como dice el poema- la haya andado trayendo de un lado para otro y que incluso la haya usado como almohada. Al margen, lo que nunca termina de sorprendernos es lo que hace esta señora con las palabras: las pesca al vuelo, las enreda unas con otras y luego las deja otra vez en el aire como un objeto nuevo.
Yo no comulgo un pepino con la monserga de la identidad latinoamericana, sin embargo no puedo dejar de observar la hermosa y casi primitiva rima que se produce en el poema entre una palabra náhuatl y otra guaraní. El jacarandá-con el que se fabricaron alguna vez victrolas de las que emergía la increíble voz de muerto de Caruso- es propiamente un árbol autóctono, a medias brasileño, boliviano y argentino.
En los últimos años he visto crecer con mucho ímpetu las clínicas y las universidades, y no sé por qué, habiendo tanto financiamiento, a nadie se le ha ocurrido dejar espacio en esos lugares para que sobrevivan unos cuantos árboles.


