El arte de mirarse el ombligo

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En general vivimos sumergidos en la vida sin distanciarnos jamás. Avanzamos como esos caballos que se veían antes en Santiago: con anteojeras de cuero y un saco con forraje colgando bajo el hocico.

Los individuos que han hecho profesión de hablar de Chile -humoristas, costumbristas espontáneos, incluso sociólogos- tienen por lo general bastante éxito. Siempre habrá para ellos un auditorio interesado. Pareciera que todas las sociedades experimentan cada cierto tiempo la necesidad de que les hablen de sí mismas. En las apreciaciones de esta gente encontramos algo que conocemos bien, pero que no habíamos hecho consciente.

En general vivimos sumergidos en la vida sin distanciarnos jamás. Nuestro punto de vista se proyecta siempre hacia adelante, con el objetivo de ir saliendo de trámites que nos facultan para iniciar otros trámites. Avanzamos como esos caballos que se veían antes en Santiago: con anteojeras de cuero y un saco con forraje colgando bajo el hocico.

Recuerdo a una académica francesa que apareció por aquí hace hartos años -no demasiado simpática-, que había hecho un estudio en París: según decía, la mayoría de los parisinos no tenía idea de los monumentos junto a los cuales pasaban todos los días rumbo a su trabajo. El problema de esta observación es que la madame la expresaba con un tono de indignación moral. Me imagino a alguno de esos ciudadanos confrontados súbitamente: tengo que pagar la hipoteca, me persiguen los acreedores, he perdido la confianza de mis jefes, a mis hijos los molestan en el colegio, ¡qué me importa un maldito montón de fierro con forma humana!

Así, al vuelo, puedo decir que el que empezó a sacarle partido a la autoobservación fue Coco Legrand en 1972. Sus distinciones entre picantes, pelientos y pungas nos parecían extremadamente graciosas. No sé qué pasaría ahora si viéramos los videos. Hay que pensar que por entonces también Sergio Feito obtenía carcajadas y ovaciones con chistes como «ayer pasé por tu casa / y me tiraste un hueso / no se hace eso». Pero Lukas estaba por publicar su maravilloso Bestiario del Reyno de Chile , con un profuso repertorio de gallos vacas, cabras caballas, mediopollos, gallos sapos y hocicones que aleonaban carneros. Hay que reconocer también a un personaje anterior inventado por Firulete: el Pepe Pato, o José Patricio, un tipo un poco farsante que imitaba la forma de hablar del pitucaje de la época, esa laxitud fonética cruzada con un optimismo feroz.

Por escrito se ha tratado muchas veces de establecer algo así como el alma nacional, o los mecanismos que nos rigen por repetición. Las iniciativas son numerosas y su mención detallada me obligaría a formular una lista, espantando a los lectores que se han mantenido hasta este punto. A mí me gustaban las cartas a los diarios que mandaba hace un tiempo Pedro Godoy, director del Centro de Estudios Chilenos, en las que defendía desde el servicio militar obligatorio hasta los beneficios de la ropa usada, que en su opinión le había dado dignidad a un segmento de la población antes conocido como «patipelados». Y, por supuesto, están los escritos de Jenaro Prieto, de Jocelyn-Holt, de Edwards Bello, de Donoso, de Benjamín Subercaseaux, de Ricardo Puelma, de Ariel Peralta, entre tantos otros que se me van quedando en los desleales aposentos del olvido.

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