Con algo tendrá que reemplazar Chilevisión el vacío dejado por el programa del año.
Terminó»Fiebre de baile» y seguramente ahora vendrán los recuentos. Hay que exprimir hasta la última gota la asombrosa ubre de esta productiva vaquita. El resonante éxito mediático y publicitario del estelar puede ser atribuído a que fue bastante menos acartonado que «El baile en TVN» (TVN, 2006 al 2008) y a que les sacó mucho más provecho a los famosos en competencia que «Locos por el baile» (Canal 13, 2006 al 2007).
Otro factor que ayuda a explicar el fenómeno y que no es menor es la participación de un jurado donde cada uno de sus integrantes representaba un rol y de manera muy lograda.
Willy Geisse era el hombre sin filtro, capaz de llamar a Raquel Argandoña por teléfono a medianoche sólo para demostrar que son amigos y que no podía reprimirse y aplaudía de pie a una concursante a la que debía evaluar apenas se sentara de nuevo. Su frase «Bienvenido(a) al ráting», con la que recibía a todo participante nuevo, se transformó en toda una profecía.
Francisca García-Huidobro hizo los suficientes méritos para pelearle el puesto de personaje del semestre al Zafrada, al pulpo Paul y a Kike Acuña. Cada una de sus intervenciones (dirigidas a bailarines, público, animador y compañeros del jurado) era una reconfortante cápsula de asertividad, expresada con una propiedad digna de una gran actriz interpretándose a sí misma. Karen Conolly era «la maestra», la mujer de la última palabra técnica, aunque no exenta de un temperamento de los mil demonios. Rodrigo Díaz lo sabe muy bien, sufrió la ira de la maestra al renegar de su profesión de bailarín.
Y ése es el tercer pilar: nunca ningún capítulo de «Fiebre de baile» fue una taza de leche. Claro, sin llegar a extremos como cuando Longton le arrojó una camisa a Geisse y en otra ocasión insultó a Mario Velasco y a un productor tras considerarse «traicionado» por ambos en una votación. Pero tampoco se puede decir que alguno de estos lunes o martes no tuvo ese ingrediente de polémica que encendía la pista, los vestuarios y la noche entera. La suerte los acompañó mucho.
Nunca Valentina Roth hizo más noticia que en estos meses. Y estaba en el elenco. Nunca se cortaron más lonjas de aire denso como cuando se topaban las miradas de Schilling, Kel y Angie, que estaban todos allí. Nunca antes nadie hizo un baile del caño penoso como los dos que intentó María Eugenia Larraín este semestre. Y lo hizo en «Fiebre de baile».
Nunca en ninguna final de la TV chilena se había producido una cadena de malentendidos tan descomunal y un efecto mariposa tan desafortunado como el que tuvo lugar cuando se dio por ganador a Iván Cabrera en vez de a Rodrigo Díaz.
El punto es ¿qué hará Chilevisión ahora que terminó el programa del que todos los demás espacios de la estación, se nutrieron denodadamente? Sorpréndeme, Pablo Morales.


