El periodista y escritor Héctor Velis-Meza vive hace 40 años en el barrio Lastarria, en el centro de Santiago, en un lugar que él considera único.
«Este es uno de los pocos lugares de la ciudad donde puedes mirar un cerro y tener vida de barrio. Miro por la ventana y veo solo verde. Por eso me resisto a dejar el centro», relata con esa reconocible voz con que explica el origen de las palabras en radio y televisión.
En 1979 se compró un departamento de 150 metros cuadrados en el sexto piso de un edificio en la calle Victoria Subercaseaux, al noreste del Cerro Santa Lucía. Se asoma al balcón y disfruta desde una inmejorable ubicación la densidad verde del lugar.
«A los nueve años, vivía en Ñuñoa y me mandaron a comprar a Santiago Centro. Recuerdo que me senté frente a este mismo edificio a mirar todo el lugar y se me quedó guardada la imagen para toda la vida. Cuando cumplí 30 años volví y vi que estaba a la venta uno de los departamentos, lo compré de inmediato. Fue un sueño que tenía desde chico, mi departamento tiene todas las ventanas mirando hacia el cerro», detalla.
¿Por qué tanta fijación por este lugar?
«El sector me gustó desde chico, era lo más elegante que había. La calle Huérfanos tenía más de 14 salas de cine y estaban los mejores restaurantes, era otro Santiago. Yo primero viví en Vitacura, después en Ñuñoa y me gustaba venir al centro, esto era como el barrio alto del centro. El Santa Lucía es como un muro verde que divide lo que es Santiago más comercial, hacia la calle Huérfanos, de una zona más residencial, hacia donde está Lastarria con sus departamentos antiguos enormes, con más de 100 metros cuadrados y algunos de hasta 500. Hay iglesias, restaurantes, sala de cine y anda mucho turista».
¿Llegan pájaros a su ventana?
«Me ha llamado la atención que antes venían hartas palomas, se instalaban en las ventanas o en el balcón, incluso ponían huevos, pero ahora ya no hay. Lo mismo que los gatos, antes vivían mucho en el cerro y ahora están en las casas. Se ha transformado en un barrio de perros y gatos adoptados, han llegado muchos galgos que los tenían para correr y que botaron cuando ya no les servían. Acá hay gente que los ha adoptado».
¿Hay algún árbol que le llame la atención?
«Nunca me he preocupado de saber qué tipo de árboles hay, sé que hay una palma o una araucaria. Pero en general más que un árbol veo una selva verde, desde mi ventana veo una masa verde de hojas distintas que cambia de color durante el año. En otoño es más café claro, en primavera ves muchas flores y ahora estamos volviendo al verde más intenso».
¿Ocupa el balcón del departamento?
«Almorzaba y comía en el balcón, recuerdo haber pasado un Año Nuevo con mi padre los dos solos tomándonos un trago. En ese tiempo sonaba el cañonazo de mediodía y para el Año Nuevo se lanzaba a las 12 de la noche. Ahora lo uso menos porque he desarrollado un cierto vértigo por la edad y paso mucho tiempo en la casa que tengo en Ocoa (Región de Valparaíso).
Abro las ventanas de mis dormitorios y veo cerros: en Ocoa tengo encima el cerro La Campana, que fue el que subió Charles Darwin cuando vino a Chile. Desde la cumbre vio Valparaíso y el barco en el que había llegado. Y en Santiago veo el Cerro Santa Lucía, que fue donde se fundó la ciudad de Santiago, un lugar histórico».
¿No ha pensado en poner una malla de seguridad en su balcón?
«Es que se vería feo. Así como está es fantástico, tengo una mesa con silla para tomar un aperitivo, un café o leer. Tengo 76 años, pero hago mi vida como si tuviera 50 años».
Hace poco lo agredieron cerca de su casa y dijo que no iba a salir más.
«Estaba enojado cuando lo dije. No hay mal que por bien no venga porque la seguridad mejoró, la municipalidad, la junta de vecinos y Carabineros se portaron muy bien. Al día siguiente decidí salir de nuevo, di la vuelta a la manzana y maté el chuncho».
¿Ha cambiado mucho el barrio? Luego del estallido se fue mucha gente.
«No, fue un milagro porque se recuperó. Es una mezcla de gente que eligió este lugar porque sigue siendo tranquilo. Todos los barrios tienen problemas, pero esto es como el Greenwich Village de Nueva York (viviendas de piedra roja con calles con grandes árboles y mucha oferta de cafés y bares) en chico. Cuando he ido me ha parecido ?guardando las proporciones? que tienen algo en común; lo mismo con San Telmo en Buenos Aires, son barrios culturales. Acá uno se las arregla para vivir como si estuviéramos en los años 80, hay almacenes de barrio o la gente pasea sus perros».
El periodista se compró el departamento con la herencia que dejó su madre y pagó $1.900.000 de la época.
«Eran como US$50.000 y con el dólar a $39. Y se ha valorizado muy bien. Mi madre tiene que estar tranquila arriba porque su hijo no dilapidó la herencia», bromea.
Otros barrios
Reinaldo Gleisner, vicepresidente de la consultora inmobiliaria Colliers, explica que aunque Santiago está rodeado de cerros, hay pocos barrios consolidados y caminables que tienen una vista directa y cotidiana a uno de ellos.
«Lastarria es excepcional porque combina centralidad, patrimonio y paisaje, con una relación visual única con el Cerro Santa Lucía, un hito histórico de la ciudad. Esa mezcla genera fuerte sentido de pertenencia y explica por qué muchos vecinos no lo cambiarían», señala.
Entre los barrios que integran bien el paisaje y la vida urbana, menciona Pedro de Valdivia Norte y Bellavista, vecinos del San Cristóbal.
«También está Santa María de Manquehue y sectores de Vitacura cercanos al Cerro Manquehue. O la Reina Alta y Peñalolén Alto que dan hacia la precordillera y al Pochoco. Son barrios donde la vista no es sólo estética: estructura la identidad del lugar y convive con servicios y buena accesibilidad», señala. «La vista es un plus real, pero su impacto es mayor cuando se integra con modernización, servicios y vida de comunidad, no cuando es un elemento aislado».