Claudio Bravo es una atajada que se nos transformó en sentimiento, el campeonato que nos hizo felices y una larga carrera que nos enseñó el significado de tener confianza.
Decir adiós no siempre significa decir adiós. No sé si me explico, pero en algunos casos, como el de Claudio Bravo, irse es una forma de volver automáticamente convertido en relato de sí mismo y de todos a la vez, porque no es solo Claudio Bravo, un arquero de fútbol, incluso si lo reconocemos como el mejor arquero de los nuestros, de todos los tiempos: es más que eso, es Claudio Bravo, sus manos y todo un país que logró volar a través de él en busca de un sueño tantas veces diferido.
Dijo que se va Claudio Bravo, un lunes insospechado de agosto, pero todos sabemos, incluido el viejo Bravo, que ya pertenece a un lugar del que nadie puede irse voluntariamente ni ser desalojado por el olvido. Claudio Bravo es una atajada que se nos transformó en sentimiento, el campeonato que nos hizo felices y una larga carrera que nos enseñó el significado de tener confianza.
Cuando empezó le dijeron que salía a cortar bien los centros y tenía buen pie; hoy tiene una esposa, cuatro hijos, una colección con el lamento de Iniesta, el llanto de Messi y el desconsuelo del Kun Agüero, dos títulos de la Copa América y el cariño de todo un pueblo que recordará por siempre al capitán de las primeras veces. Alguien dijo una vez que no importa como empieza, sino como termina, y es una frase que parece una verdad absoluta hasta que uno se encuentra con aquello que sencillamente sigue de largo por nuestra biografía, ajeno al tiempo y sus estacionamientos a la orilla del camino. No, es como la vida: no importa como empieza, sino como se resiste a terminar o se queda definitivamente a vivir en la memoria de muchos.
En un viaje tan largo como el de Claudio Bravo por el fútbol siempre es posible caer en la vieja trampa de contar una vida como si siempre hubiéramos sabido que iba a triunfar: todos esos fallos, esas caídas en desgracia y esos rebotes malignos que llegaron en su momento a los pies de rivales afortunados, esos autogoles y esos daños autoinferidos tan propios en la vida de un arquero, no necesariamente lo llevaban a la gloria, sino, con suerte, a una nueva oportunidad. Claudio Bravo también volvió a pesar de tropiezos que vislumbraban renuncia o retiro.
El primero en llegar a la Generación Dorada. Cuando ese equipo de fútbol llamado Chile languidecía entre quejas y sollozos después de terminar último en las eliminatorias de un Mundial. Ese equipo llamado Chile que creía en su mala suerte y el muro inexpugnable de la superioridad de sus hermanos mayores en Sudamérica. Más importante que ser el mejor o el primero es haberles hecho sentir a los que venían detrás que no estaban solos.
Es sólo fútbol, sí. Pero es la sonrisa de ayer que pide cancha para volver a ser la de mañana. Como Claudio Bravo, que ahora pide permiso para seguir siendo Claudio Bravo en el recuerdo y el estado de ánimo de la mayoría. No fuimos campeones de América; somos campeones de América de una parte de nuestras vidas que jamás vamos a olvidar, con un arquero que atajó penales y ayudó a dormir tranquila a toda su generación. Esto no es un adiós, es un respiro.


