El DDT se vetó en Chile en 1984: biólogo español lo encontró hoy en plumas de cóndor

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Los humanos también estamos consumiendo químicos prohibidos hace 30 años, advierte Cristóbal Galbán

Equipo del Centro GEMA de la U. Mayor recorrió la zona central y la Patagonia buscando contaminantes que no se degradan.

Un caballo se arrancó en plena cordillera, a un investigador le dio vértigo y hubo heridos. Pero igual recogieron las plumas. «Se logró, pero era muy peligroso», recuerda sobre el peor día en terreno del equipo que recorrió Chile estudiando cóndores.

Cristóbal Galbán, español, terminó persiguiendo cóndores por medio Chile. Llegó porque su señora es chilena; tras cursar un doctorado en Ciencias del Mar en la Universidad Politécnica de Cataluña, entró a la academia: hoy es biólogo del Centro GEMA de la Universidad Mayor y su especialidad son los contaminantes que no se degradan.

Al cóndor llegó de rebote, por una estudiante de doctorado que codirigió junto a la doctora Verónica Quirici, de la Universidad Andrés Bello. «Me comentó que le interesaba ver contaminantes. Encontré que la idea era redonda en principio, aunque hubo que pulirla», cuenta.
¿Qué hace Galbán con las plumas de cóndor que recolecta? Una pluma, explica, es como un «diario alimenticio» que el cóndor escribe sin darse cuenta: mientras crece, durante dos o tres meses incorpora químicos de todo lo que el ave comió, y esa información queda fija ahí para siempre. Midiendo dos sellos naturales -uno de carbono y otro de nitrógeno- su equipo reconstruye qué ha comido el ave y en qué parajes anduvo forrajeando. Todo sin capturarla, anestesiarla ni instalarle un dispositivo de rastreo.
Un hallazgo sorprendente es que en ese «diario» han aparecido tóxicos que ya nadie usa, como pesticidas organoclorados prohibidos desde hace décadas: el peligroso DDT, que en Chile desapareció de la agricultura en 1984, y hexaclorobenceno, vetado a nivel global en los años 90. Son productos que llevan entre 30 y 40 años fuera de uso legal pero siguen presentes ahí, en plumas de cóndores desde la zona central hasta la Patagonia. También asoma un pariente más reciente, el dicofol, derivado del DDT, que en Chile recién se prohibió el 2023.
En Santiago apareció un cóndor comiendo en un vertedero, y también ejemplares posados en edificios. ¿Qué va a buscar un ave así a un basural?
«El cóndor es una especie carroñera estricta, súper adaptable, y se mueve en la medida en que se mueven sus recursos. Está acostumbrado a volar largas distancias buscando comida que no es predecible: la mortalidad de un vacuno, la caza de algún animal. En los últimos años, el uso de rellenos sanitarios y basurales le ha dado acceso a fuentes de alimentación que no son tan buenas, con riesgos de intoxicación. Lo que pasó acá en Santiago fue fortuito: hubo un brote de mixomatosis en el conejo y llegaron no solo cóndores, también zorros y perros a aprovechar el recurso. Y lo mejor que tiene el cóndor para posarse es algo alto, como un edificio».
¿Detectar plumas con contaminantes es una alarma o sólo una medición?
«Tener el contaminante no significa que el ave esté enferma. Para eso falta información de base sobre los niveles tóxicos de cada compuesto en la especie, y esa información no existe. Lo que caracteriza a estos contaminantes es que tienen efectos silentes, crónicos: disrupción endocrina, problemas del sistema inmunológico. No matan al individuo directamente, sino que le bajan la capacidad de enfrentar enfermedades o de reproducirse. Hoy esto es una medición, no una alarma. Es evidencia de exposición, no una prueba de que la población esté enferma. Es la base para empezar a investigar los efectos reales».
También trabaja en la Antártica, el lugar más limpio del planeta, y aun así aparecen estos compuestos. ¿Cómo llegan hasta un lugar donde no hay agricultura ni industria?
«La mayoría de estos compuestos son semivolátiles; es decir, se evaporan con relativa facilidad cuando hace calor. En las zonas cálidas, industriales o agrícolas, una vez que son usados se van hacia la atmósfera, viajan con las corrientes de aire y cuando llegan a zonas frías, como la Antártica o la Patagonia, se condensan y se depositan. Es como una destilación a escala planetaria: el compuesto se evapora en el lugar cálido y se atrapa en frío en el polo. Y el proceso se repite muchas veces, así que terminan dando saltos hasta los lugares más remotos, aunque ahí nunca se hayan usado».
El cóndor carga pesticidas que prohibimos hace décadas. ¿Qué dice eso de nuestra propia comida?

«Podemos afirmar que los humanos también estamos consumiendo químicos prohibidos hace 30 años, porque son persistentes, se mueven por la cadena alimenticia a través de los alimentos y se integran en nuestro cuerpo. El cóndor está en la cima de esa cadena y funciona como un sensor de todo lo que se mueve por debajo. Nosotros, cuando comemos carne, lácteos o pescado, también estamos en un nivel alto. Que un pesticida esté prohibido no significa que haya desaparecido: el DDT sigue en los suelos agrícolas donde se usó. Y hay casos más sutiles, como el dicofol, un derivado del DDT que en Chile recién se prohibió el 2023».

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