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Título/Pie de foto: Patricia Espinosa
Para Labarca, no hay dignidad alguna en el mundo lumpenesco que retrata; es más, al parecer ni siquiera la cárcel es capaz de redimir a esos seres inescrupulosos
y viciosos.
Pisoteando décadas de discusión literaria, sociológica, culturalista y, lo que es peor, todos los debates que han apuntado a diagnosticar los peores errores de la modernidad, Eduardo Labarca, dueño de una larga trayectoria en el periodismo y en la resistencia durante la dictadura, entrega una novela típicamente naturalista y, en consecuencia, lógica, determinista en su visión del otro. Lanza internacional construye la vida de Elías Segovia Riquelme, alias el Flecha, un delincuente chileno, desde una mirada externa y sancionadora, remarcando que proviene de una familia de delincuentes, es decir, que lleva el delito en la sangre.
Una matriz importante en la narrativa chilena es la perspectiva degradante en torno a la diferencia. Nuestra historia es extensa en lo que se refiere a la construcción de un sujeto popular descrito como lacra, fuente de todos los males, poseedor de una naturaleza pervertida que lo conducirá inevitablemente a un destino funesto. Así ocurre con esta novela, que enjuicia sin piedad al protagonista y a los miembros de su colectividad, los habitantes de la población Santa Estela.
El narrador omnisciente inscribe a cada uno de los personajes en un circuito de violencia constante, donde los afectos son mínimos y las posibilidades de morir o asesinar son cotidianas. La sexualidad es expuesta de manera animalesca; hasta las niñas de corta edad se ofrecen sexualmente a los hombres adultos con extrema naturalidad. Las abuelas manejan la cuchilla con destreza e incluso las embarazadas consumen pitos sin miramiento alguno. En este mundo de pudrición, se encarga de remarcar el relato, sólo sobrevive el más «vivo». Para Labarca, no hay dignidad alguna en este mundo lumpenesco; es más, al parecer ni siquiera la cárcel es capaz de redimir a esos seres inescrupulosos y viciosos.
Tres de los cuatro capítulos que conforman el volumen están dedicados a la vida del delincuente en Chile y sólo en el segmento final los hechos acontecen en Francia. Esta descompensación temporal aletarga al libro, le resta importancia al periplo europeo, en especial cuando desde la primera página sabemos que el personaje regresa de este viaje cargando un botín. El exceso de descriptivismo es uno de los grandes equívocos de esta narración, tal como la falta de profundidad de los personajes, que sólo operan como comparsa del protagonista.
Un aspecto definitivamente inaceptable en esta relato es la debilidad que asume el contexto histórico. La dictadura es apenas un dato muy menor, dándose a entender que el protagonista y su colectividad viven de acuerdo a sus propias normas, inmunes a la contingencia política.
Más allá de la ideología de izquierda o derecha donde se ubique el autor, este tipo de novela se asienta con firmeza en la reproducción de un imaginario que tiene como base la mirada degradada del otro, que aparece simplificado y reducido a sus aspectos más negativos. El Flecha es un antihéroe débil intelectualmente, chapucero en sus acciones, desleal, poco intenso en sus afectos y arribista. Más que como un «choro» ejemplar, es configurado como un vulgar y limitado «pato malo», incapaz de elaborar siquiera un resentimiento hacia la policía.
El personaje, a fin de cuentas, funciona como un ratón de laboratorio, una figura ideal para corroborar todos los prejuicios posibles sobre el mundo delincuencial y popular. Labarca desperdicia un gran tema y lo que pudo ser una tremenda historia, porque no logra salir jamás de la mirada que juzga, que sólo ve la superficie, obturando la diversidad de capas del personaje y la lógica profunda de la delincuencia.
Lanza internacional
Eduardo Labarca
Catalonia, 2014, 270 páginas.


