Nos hacía falta un ministro como el ministro Felipe Morandé, que se le ve tranquilo, elegante, relajado, como si pisara la tierra de otro país mucho más exclusivo que la modesta larga y angosta faja de tierra que pisamos todos.
En otro tiempo, antes de la dictadura, existía don Francisco Bulnes Sanfuentes, al que llamaban el Marqués Bulnes; era siempre senador, con muy altas mayorías. La suya era una elegancia de nacimiento. Lo sucedió don Gabriel Valdés Subercaseaux, el Conde. Ambos eran personajes con muchos apellidos nobles o seminobles (tampoco vamos a exigir tanto en estas latitudes), educados en Europa por institutrices, emparentados con generales, obispos, terratenientes y presidentes de la república o de alguna otra cosa. Han sido pilares de nuestra vida republicana. Y es que en política los modales son importantes.
Morandé comparte el gesto patronal de sus antecesores, que aparece sobre todo cuando habla del Transantiago. Da la impresión, escuchándolo, que no acaba de comprender bien que existan personas necesitadas de subirse a una micro, habiendo tanto modelo bueno de auto, que es como se desplaza la gente. Incluso sería más entendible ir a caballo, que no se necesitan paraderos y no hay evasión alguna en el pago.
Como es una persona afable no se le ocurre impacientarse, pero hay algo de desaliento en él al referirse al sistema. Le tocó ocuparse de este rollo periférico de la existencia, el transporte colectivo santiaguino, o sea de Santiago entero, de toda la espantosa Región Metropolitana, y si hay que hacerlo lo va a hacer hasta que se vayan convenciendo los chilenos y chilenas de a pie que lo más adecuado es tener cada cual su camioneta o su 4WD.
Pronuncia nuestro ministro de Transportes con un poquito de distancia esa palabra tan manoseada, «Transantiago», y se refiere sobre todo a lo que nos está costando el invento, una barbaridad. ¿Cuál es la idea de ir de un lado a otro tanta gente que antes se quedaba en sus barrios?
En fin, si queremos algo así, hay que financiarlo, y financiar para los nuevos ministros quiere decir autofinanciar o licitar entre privados. Lo cual va a obligar a suprimir muchos recorridos que no son rentables, a subir las tarifas, a disminuir la evasión, a ingeniárselas.
Lo notable es cómo lo explica, susurrando, echando un poquito de aire tibio por la boca entre frase y frase, a ver si entretanto atinamos. Las micros amarillas eran más reales, pareciera decirnos, una ruina de latas suicidas llenando de humo y pavor la ciudad, acorde a nuestra estructura de clases.
Si el transporte colectivo llega a ser bueno, bonito y barato, la gente se acostumbrará, demandará más y más del estado, los autos pasarán de moda, se mezclarán los diferentes públicos dentro del sistema, la ciudad comenzará a funcionar como un todo y morirán así nuestras más queridas tradiciones. Alguien tiene que impedir esta pesadilla.
Escuchando al ministro Morandé, da la impresión de que no acaba de comprender bien que existan personas necesitadas de subirse a una micro, habiendo tanto modelo bueno de auto, que es como se desplaza la gente.


