Recta Provincia
La legítima presunción de inocencia, un derecho inalienable y celosamente atesorado por la ley, no ha corrido para Marta Lagos Frías. Se la ha lapidado sin miramientos mucho antes de que la justicia inicie siquiera las necesarias investigaciones del caso.
Cada cierto tiempo los chilenos necesitamos nuestra inyección de horror, de furor escandalizado, de genuino espanto, y junto con ello requerimos con desesperada urgencia a alguien a quien linchar, descuartizar, emplumar y empalar en los medios y en las conversaciones familiares, en los bares y en las ferias, a fin de sentirnos más buenos, sanos y decentes de lo que en realidad somos. Esta necesidad, como la de una droga dura, pareciera requerir dosis cada vez mayores para lograr el efecto deseado. Se trata de algo muy parecido a la clásica «escalada» de los narcóticos.
Ahora le tocó hacer el gasto, y de qué manera, a la psicóloga Marta Lagos Frías, quien fuera denunciada a la policía por su hermana Elizabeth del Carmen Lagos Frías, luego de que ésta se percatara de extraños contactos vía mail entre su hermana y misteriosos fantasmas pedófilos en la red. Alertada la policía de Puente Alto, se intervino la cabina de un cibercafé de esa comuna, donde Marta Lagos, frente a la webcam, y para deleite de anónimos y babeantes pervertidos en línea, realizaría actos de carácter sexual con sus pequeños hijos.
La legítima presunción de inocencia, un derecho inalienable y celosamente atesorado por la ley, no ha corrido para esta madre. Se la ha lapidado sin miramientos mucho antes de que la justicia inicie siquiera las necesarias investigaciones del caso. Se la ha crucificado allí mismo en la cabina en la que habría cometido sus supuestas faltas.
Siendo Marta Lagos Frías una mujer chilena de la clase media, ¿no cabría preguntarse, antes que empezar los ajusticiamientos, qué porquería de sociedad es la que empuja a una madre a comportarse de esta forma? ¿Qué poder diabólico hemos asignado los chilenos al dinero como para crear, como un Frankenstein, a una Marta Lagos exhibiendo obscenamente a sus hijos en internet? Somos un pueblo gravemente enfermo, que mira como el gato a la carnicería los millonarios fichajes de rostros televisivos y figuras del fútbol mientras contamos las chauchas para cargar la tarjeta bip. Una sociedad que contempla estupefacta a un piño de tarados al volante de Hummers y Ferraris que a todas luces no se han ganado.
Somos un pueblo envilecido que arrastra del pelo a una mujer por la plaza del pueblo hasta la hoguera, mientras del otro lado de la pantalla se agazapa esa particular raza de seres que conforman los pedófilos, generalmente hombres entre los 18 y 65 años de edad, habitualmente muy religiosos, que alguna vez, y quizás por pura casualidad, navegando en la red naufragaron en páginas donde había material ilegal que les produjo placer. Más tarde esa curiosidad y pasión por lo prohibido los condujo a masturbarse y satisfacerse así con dicho material. Y allí comienza el círculo infernal en el que habría caído, como en un torbellino, Marta Lagos, ya juzgada, ya condenada, ya ejecutada por los medios, y cuya cabeza podemos ver ahora expuesta en todos los kioscos de Chile, mientras sus supuestos «clientes» echan mano a sus pañuelitos de papel.


