El ídolo que anticipaba la jugada

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En este juego que comparte reglas con la vida nadie llega solo al otro arco.

Juan Manuel Silva

Juan Román Riquelme anunció su retiro este domingo, luego de fallidas negociaciones para seguir su carrera en Paraguay, a los 36 años, siendo el último 10 clásico del fútbol argentino, y por qué no decirlo, mundial. Hace unos años los mediocampistas tenían otra visión. La capacidad de anticipar las jugadas y que todo movimiento y posición en la cancha fuese proyectado en la mente.

Lo que algunos llaman conciencia del juego en Riquelme es cotidiano, natural. Pensar el fútbol como un espacio de reunión y no como el campo de batalla en el que cada jugador compite por ser el mejor. Creo que lo que me emociona de Román es eso, que el triunfo se conjugue siempre en plural y en pasado: ganamos. Se sigue jugando por esa alegría que pasa, como los días. Lo que en ese gesto reconozco es el fútbol antiguo, la voz de mi padre y mi abuelo, la liga del Estadio Nacional y ese relato en que Riquelme cuenta que su padre nunca quiso jugar en primera porque su pasión era el equipo de su barrio, como para el propio Riquelme su lugar en el mundo es el mismo que el de su infancia: Don Torcuato.

En las palabras iniciales a sus Obras Completas , Jorge Luis Borges dice que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos, como queriendo expresar que, de algún modo, somos aquello que compartimos y no lo que nos distingue. Para la gran mayoría, Román fue el de los goles, los pases, los torneos: puras excepciones. Pero hay más realidad en todos los partidos perdidos, aquellas jornadas intrascendentes, los segundos lugares y las lesiones. En ese sentido, contó en una entrevista que la razón por la que se reventó la rodilla contra Huracán no fue su carácter, sino que pretendía aguantar jugando para que Nico Gaitán pudiese ser aplaudido en su despedida de Boca, y que el técnico no lo dejara sin homenaje, con un solo cambio por hacer en el segundo tiempo. La explicación de esta conducta está en el cariño al juego y sus compañeros, ese beso que le daba a la pelota, pero también, intuyo, en saber que debajo de todos los éxitos y la fama está el fracaso, lo que no se puede compartir.

De todos esos momentos, quiero recordar el penal contra Lehmnann al final del partido con el Arsenal por la Champions. ¿Qué hacer después de eso? Lo que hizo Román y hacemos todos. Lavarnos la cara y seguir levantándonos, día a día, como todo el mundo, a trabajar, porque lo que el dinero y el lujo ocultan hoy es lo que muestra Riquelme: la alegría de hacer lo que se ama, el valor de pertenecer a un lugar y a un sentimiento, y que en este juego que comparte reglas con la vida nadie llega solo al otro arco, así como nadie se levanta del piso y del llanto sin un compañero a su lado.

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