«El inca logró controlar a millones de personas que hablaban otros idiomas y que tenían otras tradiciones»

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Arqueóloga Marcela Sepúlveda investigó la causa de muerte del niño del cerro El Plomo

La especialista destaca cuáles fueron las principales características de esta civilización que logró levantar un imperio gigante en 200 años.

La arqueóloga e investigadora de la Universidad de Tarapacá Marcela Sepúlveda es admiradora y estudiosa de la civilización inca. Puesta en la disyuntiva de elegir qué aspecto de su cultura es más relevante, ella destaca «la capacidad administrativa que lograron».
Marcela fue una de las investigadoras chilenas que descubrió que el niño del cerro El Plomo -una momia de un infante encontrada en ese lugar hace setenta y dos años- murió en realidad por un golpe en la cabeza y no de hipotermia como se pensaba hasta ahora. Trabajó durante 14 años con otros destacados profesionales chilenos y con la colaboración del Instituto Max Planck (Berlín) y la Universidad de Stanford (Inglaterra) hasta obtener los resultados del estudio, que fue publicado en la revista científica «Science Advances».
Más que ritos
La cultura inca, dice la también presidenta de la Sociedad Chilena de Arqueología y directora general de la Sociedad Americana de Arqueología, fue mucho más que rituales y sacrificios religiosos.
«El inca logró aglutinar muchos conocimientos y prácticas que ya existían con un sistema administrativo a una escala que no se había visto antes. Esto le permitió controlar y gestionar en muy poco tiempo este gran imperio, que son varios millones de kilómetros cuadrados. El inca, sin tener un sistema de escritura como el que nosotros conocemos hoy, logró establecer vínculos y controlar a millones de personas que hablaban otros idiomas y que tenían otras tradiciones».
Para hacerse una idea: las dimensiones que alcanzó el imperio inca en sus 200 años de existencia -entre 1350 y 1550, cuando desapareció tras la llegada de los descubridores y conquistadores españoles- abarcó el sur de Colombia, todo Perú, parte de Bolivia, el noroeste argentino y hasta el sur de Santiago, en Chile. Con las investigaciones, agrega la académica, se estableció que se asentó primero en el Cusco y que en 70 años comenzó su expansión, anexando distintas provincias.
«Lo hicieron progresivamente, a través de matrimonios, alianzas, conquistas, desplazamientos de comunidades enteras a nuevos territorios y ciertas batallas con tradiciones culturales vecinas, principalmente de la sierra peruana.
 Porque en algunos casos la asimilación fue de orden simbólica, sin guerras de por medio», explica.
¿Cómo era su sistema administrativo?
«El inca se apoyó en todo un aparataje administrativo. El Camino Inca, que es una impresionante red de caminos, fue clave. Permitió articular el Cusco con las provincias y las capitales regionales del imperio, donde simplemente se implantaba un sistema administrativo similar al que había en el Cusco, pero a una escala que les permitiera administrar y obtener los recursos que las comunidades locales pagaban bajo la forma de tributo, que ellos denominaban pago de la mitad. Para eso, el inca les ofrecía protección a esa comunidad y acceso a ciertos bienes y recursos particulares».
Dos principios
La arqueóloga reseña que la economía inca se caracterizó por dos grandes principios: reciprocidad y redistribución.
«A las poblaciones anexadas y conquistadas el inca les imponía tres condiciones: el culto al sol (su deidad principal), el quechua (idioma) y el tributo. Todo eso era controlado y administrado por los quipucamayos, quienes trabajaban para el imperio y que a través del sistema de quipu, de esos nudos y de cuerdas, iban haciendo un catastro, censo de los tributos que se iban pagando».
Uno de esos tributos consistía en la construcción de las redes que formaban el Camino Inca y que variaban de acuerdo con la topografía del terreno. En ocasiones consistían en puente de piedra o colgantes, escaleras o despejes de senderos, que se delimitaban con alineamientos de piedras.
En Chile
En nuestro país hay vestigios de varios centros administrativos provinciales. Como ruinas de callanca, plazas y edificios que se usaban para reuniones y alojamiento de tropas, de ushnu, plataformas utilizadas para las ceremonias, y de tambos, paraderos para gente que transitaba por los caminos.

Estos vestigios se encuentran en Pucará de Turi, en Calama; el Volcán Licancabur, en San Pedro de Atacama; Pucará de Chena, al sur de Santiago, y el Tambo de Zapahuira, en Putre. Este último es «un sitio bastante importante asociado al Camino Inca, donde hay colcas, que son depósitos donde pueden almacenar comida».

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