El lado B de Danilo 21, el nuevo emperador de los rumores de la farándula

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Danilo Peña tiene 30 años, se crió en pleno campo y estudió cine en Argentina

Busquilla, dejó de hablar de cocina coreana para dedicarse al pelambre con alegría y dedicación. Aún vive en el sur para cuidar a su papá que padece cáncer.

De niño, Danilo Peña pasaba los largos y fríos inviernos del sur encerrado, cerca de la chimenea. En esas semanas de lluvia y nieve, no había mucho que hacer en 21 de Mayo, una aldea de 20 casas encaramándose en la precordillerana, a una hora y media de Temuco. El día en que llegó el TV cable, las tardes se volvieron menos grises gracias a los programas de farándula. Fue el primer paso para que aquel chico despierto se convirtiera, muchos años después, en Danilo 21, la nueva enciclopedia de los chismes del espectáculo o catalizador de cahuines, como lo llamó el periodista Sergio Rojas.

Hoy, a los 30 años, se ha vuelto una figura ascendente entre los deslenguados comentaristas de la farándula gracias a sus canales en redes sociales, siempre con un gorro y orejas de gato al estilo cosplay, pero se mantiene viviendo en Temuco junto a su pareja, un argentino al que conoció hace 11 años, por una razón muy familiar.

«Siempre fui copuchento», cuenta Peña mientras viaja en bus desde Santiago a la Araucanía. Como su padre era profesor de colegio rural y su madre inspectora de otro recinto, el chico pasaba mucho tiempo con dos tías que le enseñaron el sabroso gusto que deja un buen pelambre. «Yo era como una vieja chica. Iban a la posta de un pueblo cercano, San Patricio, para conversar con las vecinas y hablábamos de lo que pasaba allí», comenta.

A eso se sumó su gustó por los incontables programas de cahuines y shows de celebridades que trae la televisión argentina, así como ejemplares de revistas como «Vogue». Además se volvió otaku por programas como «El club de los tigritos».

«Siempre supe que quería trabajar en televisión. Por eso al salir del colegio, a los 18 años, me fui a estudiar cine y televisión en la U. de Córdoba, en Argentina», relata. Tras los cuatro años de carrera, se quedó un tiempo similar vendiendo cosméticos que importaba desde Chile.

Para la pandemia volvió a Temuco con su novio y siguió con su pyme hasta que, sostiene, fue estafado en la Navidad de 2022. Así quedó «con una deuda que no podía pagar con un trabajo normal».

Decidido a convertirse en generador de contenido, abrió un canal de TikTok, pero no para chismorrear: «Mostraba recetas de cocina coreana y me iba bien. Pero el boom ocurrió por casualidad».

Sucede que una noche en que tenía poquísimos seguidores viéndolo en vivo, prendió la tele y se puso a comentar la primera edición de «Gran hermano», en el invierno de 2023. «De 12 espectadores pasé a 2.000», menciona.

Así que decidió cambiar de contenido a otro que conocía muy bien: los chismecitos. «Con el primer Gran hermano llegué a mil seguidores, con la segunda versión del programa alcancé 30.000 y luego, gracias a ¿Ganar o servir?, llegué a 200.000», explica sobre esa progresión que hoy lo tiene con más de 600.000 fans.

El momento decisivo llegó cuando Pamela Díaz lo invitó a su programa por internet. Siguieron más presentaciones que lo han convertido en panelista eventual en «Que te lo digo», la pyme deslenguada de Sergio Rojas, Luis Sandoval y Antonella Ríos.

¿Sus papás y tías lo graban cada vez que sale en televisión?

«Como viven en un sector rural, no tienen mucho acceso a internet ni a la tele. Yo lo prefiero así: no se enteran mucho de lo que pasa. Eso me otorga más libertad para hacer show porque no quiero que les afecte lo que la gente opina de lo que yo hago».

¿Seguirá viviendo en el sur y trabajando en la capital?

«Estaba muy avanzado con un proyecto para instalarme en Santiago, pero justo en ese momento nos avisaron que mi papá tenía que operarse de su cáncer de piel. Me salí del proyecto porque mi prioridad es acompañarlo. Ahora está mucho mejor, pero sigue en tratamiento».

¿Por qué no se saca el gorro? Mi editor cree que usted es calvo.

«De hecho, estoy pelado, pero la gente lo sabe. No es un tema para mí. Pero como uso orejitas de gato que están sostenidas por una barra de metal, tengo que ponerme el gorro, porque si las pusiera directamente sobre la cabeza, me haría daño en el cuero cabelludo».

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