Sargento de la Armada debe cumplir un año en el Cabo de Hornos
Se llama Patricio Ubal y lo acompañan su mujer, que debió aprender a reparar motores, y sus dos hijos.
En el Cabo de Hornos el viento tiene voz y da órdenes. «Me puede decir con el puro silbido no salga «, cuenta el sargento de la Armada Patricio Ubal, quien completa ocho meses viviendo en el faro de la isla más austral del mundo, junto con su esposa y sus hijos, de 10 y de 2 años.
Es un clima muy duro. Los vientos de 200 o 250 kilómetros por hora pueden botar al piso a cualquiera y bajar en diez grados la sensación térmica. «La mayoría del tiempo hay uno o cero grado, pero se siente mucho peor. Desde noviembre solo hemos tenido doce días despejados. Acá siempre hay lluvia y viento», cuenta Ubal.
Sin embargo, se siente un privilegiado. En noviembre llegó al faro después de haber superado un exigente proceso de selección de la Armada, con entrevistas sicológicas, exámenes de salud y un curso de aislamiento que debieron aprobar él y su esposa Ángela, de 31 años. «Tuvo que aprender lo mismo que yo: mantenimiento y fallas de motores, radio y tráfico marítimo. Somos un equipo. Si algo se echa a perder acá, tenemos que saber repararlo nosotros sí o sí», relata el sargento. Además, antes de partir, ambos y su hija Génesis se sacaron el apéndice.
Los días en el faro Cabo de Hornos parten a las siete de la mañana, con una revisión para ver en qué estado quedó la casa después de los fuertes vientos nocturnos.
Media hora más tarde reciben al primero de los cuatro buques que en promedio llegan al día, aunque desde septiembre son muchos más. «En una semana podemos tener fácilmente 700 turistas. Recorren el parque, el Monumento Cabo de Hornos, la capilla, la alcaldía de mar, que es mi casa, y el faro. Todos vienen a pisar el lugar más extremo del mundo y se fascinan al saber que una familia puede vivir aquí por un año, haciendo soberanía. Son todos muy cariñosos», cuenta Ubal, quien admite que ya perdió la cuenta de la cantidad de fotos que se ha tomado junto con turistas «de lugares que ni siquiera había escuchado antes».
En el día cada tres horas el marino debe ir a la estación meteorológica y enviar un informe. Además, no puede desatender el radar para detectar las embarcaciones que puedan cruzar el Cabo y, lo más relevante, controlar el tráfico marítimo para dar apoyo a las naves con información meteorológica, de mareas y de vientos. «Nuestra misión es cuidar la vida humana en el mar», dice.
«Eso además de mantener el aseo en el faro y la alcaldía. Entre las dos y las 17:30 horas, mi esposa le hace clases a mi hija y, de siete a ocho, viene el trote, porque, de tanto comer cositas ricas para capear el frío, las calorías se van acumulando», ríe. Explica que Génesis está matriculada en un Colegio de Puerto Williams y dará exámenes libres en diciembre.
-¿Qué opina su hija de estar en el faro?
-Está contenta y le encanta la temporada de turistas. Sabe que es un privilegio, incluso dice que cuando grande vendrá con sus hijos. Igual hay días en que hace planes para ver a sus primos. Le gustaría salir de shopping.
-¿Y cómo ha sido para su esposa?
-Su visión es bien particular. Como marino, uno siempre vive las aventuras solo y la mujer recibe noticias de lo que uno hace. Esto es diferente. Acá lo vivimos como equipo de trabajo y equipo familiar. Es un privilegio estar un año aislado con el esposo.
-Ante un problema, no se pueden mandar a cambiar.
-Es que por eso el matrimonio que se viene tiene que ser especial y, gracias a Dios, nosotros nos llevamos súper bien. Tenemos la fortaleza para estar aislados, porque es muy sacrificado. Estas no son vacaciones, pero está el placer de convivir un año en familia, las 24 horas, casi como si fuese un reality. Yo conozco perfectamente a mis hijos y a mi esposa. Eso es lo mejor de todo.
-¿Económicamente es bueno?
-Sí, compensa todo el sacrificio.
-¿ Lo recomienda?
-De todas maneras. Para nosotros ha sido fabuloso estar acá, haciendo soberanía, pero creo que no cualquier familia puede hacerlo.
«Estas no son vacaciones, pero está el placer de convivir un año en familia, las 24 horas, casi como si fuese un reality»
Patricio Ubal
-Tan lejos y tan cerca
El Viejo Pascuero y la incertidumbre del terremoto
La Navidad pasada de los Ubal también fue inolvidable. El sargento recuerda que se acostaron temprano, porque a las seis de la mañana recalaría un buque. «Fue increíble. Del trasatlántico bajó un Viejo Pascuero que le regaló un diario de vida a mi hija. Ella no lo podía creer. Eso se recuerda toda la vida», explica.
Hace años las familias que permanecían en Cabo de Hornos solo se comunicaban con Puerto Williams a través de radio. Ubal cuenta que ellos ahora tienen televisión, teléfono, equipo de radio e Internet. Cada dos meses una embarcación les transporta alimentos congelados, verduras, agua y petróleo para tres meses. En caso de emergencia médica, que hasta ahora no han tenido, un helicóptero demora una hora en auxiliarlos.
Esa conectividad inmediata que les permite saber siempre de sus familias hizo que en febrero se enteraran temprano del terremoto. «Acá no se sintió nada y agradezco a Dios que mis hijos no lo tuvieron que vivir, pero sentíamos mucha impotencia por no poder ayudar. Fue fuerte, aunque, gracias a Dios, a nuestras familias no les pasó nada», explica.


