Raúl Bustos vivía en Talcahuano pero quedó sin trabajo tras el 27-F
Su esposa lo espera afuera del pique con la esperanza de que está vivo.
Estaba viendo una teleserie, cuando de pronto sonó el teléfono de su casa en Talcahuano. Era su hermana que la llenaba de extrañas preguntas. «¿Dónde trabaja tu marido? ¿En qué mina?», le consultaba. Llamó al celular de su esposo y él no le contestó. Eran pasadas las 10 de la noche del jueves 5, cuando Carola Narváez recibió el duro golpe: Raúl Bustos, su marido, aparecía en la lista de 33 mineros atrapados en la mina San José.
«Empezó una angustia. Yo pensaba que no le había pasado a él. Porque él sale como a las 6 y la noticia salió a las 10, no sabía que todo había sido a las 2 de la tarde», recuerda.
Raúl, de 40, trabaja como mecánico y luego de tener experiencias mineras, forestales y en los astilleros de Asmar, debió dar un giro radical a su rutina en una de las ciudades más afectadas por el tsunami del 27 de febrero. A fines de abril se fue a vivir a Copiapó, lejos de su familia, para tener una mejor opción de trabajo. «Después del tsunami bajó toda la producción, la gente no tenía trabajo y ahí le salió la posibilidad de venirse al yacimiento. No había opciones allá y se vino a trabajar acá. Se vino a trabajar a la mina arrancando del terremoto», cuenta la mujer.
Otra de las cosas que le da vueltas es que él no debía bajar siempre al pique, ya que existía un taller afuera y otro adentro en caso de emergencias o desperfectos de las máquinas.
«Yo le decía que no entrara a la mina porque no era su pega, pero para optimizar los trabajos debía hacerlo. Podría no haber estado ahí cuando ocurrió el derrumbe», se lamenta.
La pareja lleva 7 años de matrimonio y tiene dos hijos, la mayor de 5 y el más pequeño de 3. «Vicente no sabe nada, María Paz piensa que el papá está enfermito y que lo vine a buscar. Soy fuerte para muchas cosas, pero con los niños es muy difícil. No puedo hablar con mi hija, ni saludarla, ni decirle algo. No me da, no le he dicho nada», relata.
La espera ya lleva ocho días y su rostro denota el paso de los días. Pero eso, asegura firme, no acaba con sus esperanzas. «Esto es parte de la vida. Tengo la confianza absoluta de que él está bien y que va a salir con vida», finaliza.
«Palomas»
La cápsula que llevará luz y comida a los mineros
Aparentemente son tubos de pvc comunes y corrientes. Pero serán los encargados de bajar los cerca de 800 metros que separan la superficie del refugio donde podrían encontrarse los mineros para llevar alimentos, luz y comunicación. La velocidad de las cápsulas, denominadas «palomas», será de 2 a 3 horas para realizar cada entrega y tendrá 3 cabidas cubiertas de láminas de un plástico transparente que protegerá su contenido. «En el primer espacio, que tiene agujeros, se dispondrá de iluminación led de baja intensidad. Después irá un espacio con un comunicador y el tercero con comida».


