Esta cita planetaria marca un antes y undespués en la vida de todo hincha de sillón.
Este Mundial de Fútbol ha sido el primero en su especie por razones como la multisede y el número de países participantes (de 32 saltamos a 48). Además hemos asistido a no pocas variaciones que ha experimentado el aficionado al fútbol al seguir esta justa planetaria por televisión. Veamos algunas de ellas.
Ahora los «tiempos» son cuatro.- Se instauraron dos pausas de hidratación de tres minutos cada una que en realidad son de publicidad. Lejos de traernos la transmisión las instrucciones o arengas que imparten los entrenadores a sus pupilos, se manda directamente a una pausa comercial al telespectador, que hasta puede hacerse un sanguchito en este nuevo intermedio.
Ser el canal oficial no es ninguna garantía.- Chilevisión no transmite todos los partidos. Ni siquiera podemos estar seguros de que entregue el mejor match del día. A estas alturas dudo de que Chilevisión nos traiga la final del 19 de julio. No sé a usted, pero dar 52 de los 104 partidos a mí me parece más un mal chiste que un contrato de exclusividad. Falta mucho para democratizar la «pasión de multitudes».
Los árbitros ya no cobran todo.- En este Mundial ha habido empujones, zancadillas, pancorazos y hasta pisotones ante los que los jueces hacen una sistemática vista gorda. Probablemente han recibido esa indicación para agilizar el juego y para que los partidos no duren tres horas.
Entiendo que de vuelta a los torneos locales esta permisividad será la tónica, a menos que se pretenda medir con una vara en las ligas de cada país y con otra en los mundiales.
Laucheros en peligro de extinción.- El ojo de halcón (llamado «de lince» en el tenis) no es otra cosa que un acercamiento electrónico que deja en evidencia qué parte del cuerpo de un atacante, por más mínima que esta sea, lo ha dejado en posición de adelanto. Si me preguntan a mí, otra lesera que busca matar el fútbol. En adelante ningún narigón recibirá una camiseta de delantero, lo que es claramente discriminatorio.
La hinchada como parte del espectáculo.- Los directores de televisión de este Mundial pinchan al público del estadio tupido y parejo. Se entiende que en esa decisión influye el colorido crisol de nacionalidades y genotipos que se da cita en cada lance, pero no se descarta que inventos gringos como la «kiss cam» se empiecen a posicionar cada vez más como parte del evento, hasta ahora 100% deportivo.
Boca tapada, roja asegurada.- Llevarse la mano a la cavidad bucal ahora significará expulsión inmediata, salvo que se trate de jugadores tan caballerosos como el inglés Bellingham. Se deduce que si el infractor de esta norma es paraguayo, no habrá dos opiniones y se determinará sin juicio previo que es un racista de siete suelas. Quién lo manda a nacer en un país latinoamericano.
La política a la cancha.- En adelante el alcalde de la ciudad donde se juegue un partido del campeonato chileno podría solicitar un perdonazo para algún crack local expulsado injustamente. Injustamente según el edil, claro. Ahora todo será conversable. El fútbol siempre ha sido parte de la política (Colo Colo 73 retrasó el Golpe y eso), pero ahora aquello al fin se va a transparentar. La pelota sí se mancha. Si no, estaría en la vidriera de un museo.


