El museo de Bertoni

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Título/Pie de foto: Juan Guillermo Tejeda


Juan Guillermo Tejeda

En las vitrinas del museo poético de Claudio Bertoni han quedado eternizados, con un opaco brillo inmortal, el perro que te hace cambiar de vereda, el asiento de la micro aun tibio, el banco de la plaza, algunos garabatos o piropos, su mamá, la mermelada de damasco, la liceana con su carnet escolar… Aquella escritura proviene, casi sin adiciones, del soñoliento Chile sesentero de antes de la UP, antes de los militares, antes de los malls, los iphone y la globalización imprevisible que nos tiene a todos locos.

La siesta o duermevela persistente de Bertoni, su fijación en una escenografía que ha ido cayendo derrotada paso a paso y cosa a cosa ante el embate irresistible del mercado con su lluvia de arándanos, ha ido haciendo de él un cronista existencial. Una mirada pasiva, la suya, que se ha propuesto en el largo plazo -el de su existencia entera- acariciar con el tenue lenguaje de las cosas chilenas las grietas metafísicas que desde la edad clásica nos hacen ruido: qué son el tiempo o el espacio, en qué consiste la nostalgia, por qué estamos vivos, qué sentido tiene toda esta maldita historia.

Y no sabría seguir… Pero puedo contar que a Bertoni lo veo intermitentemente desde hace unos sesenta años, a intervalos de ocho años, o quince, o sea que en la vida nos hemos visto unas seis veces, y siempre poquito rato. Nos medimos con la mirada, nada más y esbozamos leves sonrisas.

Él estaba en el curso B y yo en el A durante nuestra travesía por el asqueroso Liceo Alemán. Padecí cada día y cada hora de aquel cautiverio, y en cambio él se veía siempre plácido, recto, un poco ido, las mejillas como té con leche y muchas pecas.

Llevaba en invierno un abrigo gris, aunque quizá el abrigo gris corresponde a cuando reapareció como poeta en los alrededores de la Escuela de Bellas Artes junto a la también poeta Cecilia Vicuña -o poetisa como se les llamaba entonces a las mujeres dadas al verso-. Les envidiaba yo el amor y el erotismo, aparte que habían publicado en California o algo así, y Nemesio Antúnez, que entonces era una suerte de suma del Fondart y la Dibam y la multiplicación de todos los curadores posibles, los había invitado a recitar sus poemas en el Museo de Bellas Artes. Estos jóvenes hablan de pot-to , de sem-men , explicaba Nemesio con total distinción mientras le brillaban, en lo alto, las pupilas. Yo asentía, ebrio de resentimiento.

Hace un par de días durante la presentación de su Antología , editada nada menos que por Lumen, compré un ejemplar, y es que soy muy educado. Con gesto canchero, Claudio me puso una larga dedicatoria evocando un episodio escolar-prostibulario donde yo, extremadamente juvenil entonces, no salgo, creo, del todo bien parado. Así es que arranqué la hoja pero no la tiré -un poeta es un poeta- sino que la puse doblada en la página de su poema breve «La Odisea».

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