Expertos explican qué hacer para prevenir y controlar la enfermedad
Disminuye la fotosíntesis, que define el rendimiento, señala fitopatólogo.
El aumento de precipitaciones durante esta primavera -provocado por la corriente del Niño- podría favorecer el ataque de hongos a ciertos cultivos. Raimundo Cuevas, ingeniero agrónomo y experto en fertirriego, anticipa que el periodo septiembre-octubre será el más complejo.
«Es importante tener buenas condiciones de ventilación. Por lo general, el uso de techos combinados con riego por aspersión genera un ambiente muy húmedo, lo que convierte a ciertos cultivos muy propensos al ataque de hongos», dice.
Cuevas se especializa en asesorar a productores de cerezas y kiwis. Afirma que, aunque rara vez ellas son atacadas por el oídio -su mayor amenaza es la botrytis cinerea-, esta primavera habrá que realizar controles preventivos antes y después de cada lluvia.
Mala combinación
El oídio -ese polvillo blanquecino que se instala sobre tallos, hojas, brotes y frutos- ataca mayoritariamente al avellano europeo y la uva. También a las cucurbitáceas -zapallo, melón y sandía- y en menor medida a los pimentones.
El ingeniero agrónomo Ernesto Moya-Elizondo, doctorado en ciencias de las plantas con mención en fitopatología y académico de la Universidad de Concepción, aclara que el oídio aparece generalmente en la primavera y verano y que la combinación de lluvias o rocío nocturno con temperaturas altas durante el día es pésima.
«En el caso del avellano europeo el parásito aparece en la temporada de crecimiento: a fines de diciembre, primeros días de enero. Pero en años de mucha humedad ambiental aparece en febrero», indica.
Afirma que el oído necesita viento para dispersarse. «La temperatura y la humedad definen la formación de su estructura de reproducción y diseminación, que son los conidióforos (filamentos del hongo que producen y sostienen sus esporas asexuales). Y cuando estas conidias comienzan a volar a partir de los tejidos que están infectados, se reinicia la infección. En el avellano europeo la cepa más dañina y recurrente es la phyllactinia guttata», señala.
La prevención es fundamental. «El principal producto utilizado, el más económico, es el azufre. Se tiene que aplicar, idealmente, antes de que aparezcan los síntomas o cuando se observan los primeros signos», advierte.
Asimismo, se debe realizar un constante monitoreo y limpieza del huerto. Algunas medidas a tomar: realizar podas que permitan mejorar la circulación de aire dentro de la copa del árbol y disminuir la humedad retenida. Evitar el riego por aspersión que moja directamente el follaje, ya que favorece el desarrollo del hongo.
El principal riesgo del oídio, continúa Moya, es cuando logra atacar el follaje de una planta o árbol. «Disminuye la fotosíntesis, que define el rendimiento. En frutales, a largo plazo, al debilitar la planta, favorece el ingreso de otros patógenos, que pueden atacar la madera».
Investigación en viñas
La cepa que ataca a las vides es la erysiphe necator. «El daño se refleja en la calidad del producto. Por eso la estrategia de las viñas es tolerancia cero. El oídio puede generar deshidratación y problemas de aroma. Se permite un rango máximo de 5% de incidencia para poder vinificar esa uva», explica la ingeniera agrónoma Paulina Flores.
Ella es la coordinadora de una investigación realizada por la Universidad de Talca y el programa de cambio climático de Consorcio Vinos de Chile. Comenzó en enero de 2023 y Flores la define como «una metodología de multicapas de información» que les permitió reducir las aplicaciones de fungicidas.
En la investigación trabajaron en 14 cuarteles piloto de siete viñas en una superficie total de 87 hectáreas. El objetivo era determinar cuándo se deben aplicar exactamente los fungicidas, pues el oídio obliga a mantener un control preventivo desde el brote de las parras en septiembre hasta la etapa previa a la cosecha.
La primera capa de información la obtuvieron utilizando el índice de riesgo climático de Gubler-Thomas. Colocaron sensores de temperatura y humedad relativa dentro del follaje del viñedo. «Entre 21 y 29 grados C este patógeno crece con mayor rapidez», explica.
La supervisión en terreno les permitió obtener la segunda capa de información. «Las observaciones se inician a mediados de septiembre, aunque hay variedades que son más tempranas y otras más tardías. Cuando la planta está en etapa de brotación y están bien desarrolladas las cinco primeras hojas, se inicia el monitoreo de este patógeno. Si hay presencia de oídio se decide realizar una aplicación de fungicida», detalla Flores.
La ingeniera agrónoma aclara que esta metodología contempla dos aplicaciones fijas de fungicida: uno durante la etapa de floración y otra en cuaja. Mientras, el monitoreo continúa hasta que las vides están llegando a pinta, o sea, cuando los granos comienzan a cambiar de color. Esto ocurre a mediados de febrero.
La tercera capa de información tiene que ver cómo se maneja el viñedo o ese cuartel en específico. «Hay variedades que son mucho más susceptibles al oídio, como el chardonnay. Las más tolerantes son algunas cepas tintas, como el cabernet sauvignon. Después viene el sistema de conducción del viñedo. El parronal con emboscamiento y canopia libre tiene más sombra y al mismo tiempo, más calor, lo que favorece el desarrollo del oídio. En cambio, una espaldera, que está mucho más expuesta al sol, hace que no se desarrolle tanto el patógeno».
También, dice Flores, hay que tomar en cuenta el historial del viñedo. «La estrategia que utilizan las viñas actualmente es la aplicación por calendario, por lo que pueden llegar hasta 16 aplicaciones por temporada para controlar el oídio: cuatro de agroquímico y 12 complementadas con azufre. Nosotros hemos llegado a tres aplicaciones de agroquímico y cinco o seis de azufre, logrando una reducción promedio del 55% de las aplicaciones».
El principal beneficio de esta investigación, agrega Flores, es el ahorro que se le genera a la viña en cuanto al costo de cada aplicación: «En promedio podemos decir que cada aplicación tiene un costo de $32.000 pesos por hectárea».
«Es importante tener buenas condiciones de ventilación», Raimundo Cuevas.
5 POR CIENTO es el rango mínimo de incidencia de oídio para vinificar la una afectada.


