El país Marmicoc

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Cuando uno lee que un periodista comete errores corno basta experiencia, el mago de Hoz, poso, targeta o el ave Félix, lo que siente no es compasión, sino desprecio ante la ineptitud, rabia ante la ignorancia e irritación ante la autocomplacencia.

El blog Ojo del medio es una especie de patíbulo virtual, cuyos verdugos exhiben sin miramientos los trapos sucios del periodismo chileno. No queda títere con cabeza: los canales de televisión hacen el ridículo con su pésima ortografía, el diario amigo no tiene la menor idea de geografía americana, el cronista X copia descaradamente los trabajos del cronista Y, etcétera. Desde luego, en su calidad de patíbulo, cumple también la función de un circo romano, porque es muy divertido ver a los demás ser devorados por los cazadores de gazapos, aunque la mayoría del público no esté en condiciones de ostentar ni una brizna de superioridad con respecto a los ajusticiados.

Independientemente del tufillo a comisaría que exuda toda iniciativa basada en la delación de los defectos ajenos, es evidente que el impulso de Ojo del medio no es otro que el odio al trabajo mal hecho. Cuando uno lee que un periodista comete errores como «basta experiencia», «el mago de Hoz», «poso», «targeta» o «el ave Félix», lo que siente no es compasión por alguien que ha tecleado mal una letra o que ha llegado a la hora del cierre sin darse cuenta de una redundancia o de una cacofonía; lo que siente es derechamente desprecio ante la ineptitud, rabia ante la ignorancia y, sobre todo, irritación ante la autocomplacencia, pues alguien que comete ese tipo de errores no se caracteriza precisamente por criticarse a sí mismo.

En todo caso, este asunto excede por mucho el ámbito del periodismo. Quizás sean los periodistas los que están más expuestos, pero en todas partes se cuecen las habas del trabajo mal hecho. Los médicos se desmoronan sólo en casos dramáticos de «conmoción pública», así que su «maestrochasquillismo» queda por lo regular a buen recaudo. Tuvo que venir un cataclismo para que supiéramos qué chancletas calzaban las inmobiliarias, los expertos en alarmas de tsunami, los especialistas en telefonía. Habría que ver cómo andan los astrofísicos o los biotecnólogos, pero en general todos los gremios, cuando muestran la hilacha, la muestran bien mostrada.

Ahora mismo estuve leyendo un reportaje de Juan Andrés Guzmán sobre los «profesores Marmicoc», curioso apodo que reciben miles de profesores de formación dudosa, a cuyo cargo está hoy una buena porción de los escolares chilenos. Son profesores cocinados a presión, o sea, hechos mediante cursillos exprés, dos años en uno, un día a la semana, por correspondencia o sepa el diablo qué variantes del comercio universitario, cuya puerta giratoria sí que es milagrosa: los estudiantes salen sabiendo menos que cuando entraron.

Cuando se escarba capa por capa los distintos ámbitos del quehacer chileno uno se da cuenta de lo frágil que es la estructura en que se apoya el país. En cierto sentido Chile entero se ha convertido en un país Marmicoc, donde todo se hace a la rápida y donde la calidad es algo olvidado. ¿Dónde se perdió el país que apreciaba el paño bien hilado, la camisa bien cortada, la frase sin gazapos? Quién sabe. Tampoco importa demasiado. Si importara de verdad, no haría falta preguntarlo.

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