La cárcel de Higüey, en República Dominicana, encabeza la estadística de muertos
«Estaba durmiendo cuando oí disparos. a los veinte minutos cayó una bomba que asfixió a todo el mundo. Yo sólo quería salir de ahí. No veía nada, cuando se abrió una puerta me lancé afuera. Los que iban detrás mío murieron aplastados».
El reo Alexander Sánchez, de 27 años, resumió así el horror desatado la madrugada del 7 de marzo de 2005 en la cárcel de Higüey. Ése era su hogar desde hacía dos años; pacientemente, en ese horrible chiquero esperaba a ser enjuiciado por darle una paliza a un pretendiente de su novia.
Esa noche más de cuatrocientas personas dormían en la pequeña correccional del balneario dominicano, diseñada para acoger apenas a un centenar de internos. «Higüey no es adecuada para la vida humana, es un cementerio de hombres vivos», había denunciado meses antes Porfirio Rojas, miembro de la Comisión Dominicana de DD.HH: un informe de la ONU juzgaba al sistema penitenciario de su país como el más sobrepoblado del planeta.
Vietnam
La masacre de Higüey tuvo como escenario el infame pabellón «Vietnam», minúsculo recinto dotado de apenas 25 literas para más de 180 residentes. Por increíble que parezca, algunos de ellos dormían arriba del estanque de los inmundos inodoros.
Poco antes de la medianoche sobrevino el caos. Un recluso conocido como «El Coloso» disparó a ciegas contra una celda vecina: su blanco era un narcotraficante rival. Luego de un breve tiroteo, comenzó una salvaje riña con armas blancas entre tres grupos que se disputaban el negocio de la venta de comida, cigarrillos y drogas. «El problema empezó porque había dos higüeyanos que querían controlar la cárcel. nos estaban cobrando 25 dólares al mes a cada uno por estar ahí», relató Pichardo Silverio, testigo del altercado.
Tras apaciguar a duras penas la batalla campal, los gendarmes llevaron al hospital a una docena de heridos, entre los cuales estaba «El Coloso»: irónicamente, el instigador se salvó del infierno.
Hasta hoy no está muy claro lo que sucedió luego. Los reportes extraoficiales señalan que la prisión hervía de ira. «Cerca de la una de la madrugada rebrotó la gresca y los reos taponearon los candados para que no se pudieran abrir », declaró días después el general Manuel de Jesús Pérez, jefe de la Policía Nacional de la República Dominicana.
Y así, como suele suceder, en algún sitio se encendió una chispa que en minutos consumió el recinto sin que nadie atinara a abrir las rejas. Apenas 26 reclusos lograron escapar por una ventana cuyos barrotes semifundidos fueron derribados a mazazos por la policía.
Pericias judiciales establecieron que un grupo de amotinados quiso amedrentar al resto quemando colchones, almohadas y sábanas rociados con insecticida y pegamento. Lo extraño de esta versión es el asunto de los candados: nadie en su sano juicio bloquearía su única vía escape si pretende quemar el lugar donde está encerrado. Un hecho comprobado es que los guardias -bastante alterados tras la primera escaramuza- lanzaron bombas lacrimógenas dentro de los calabozos cuando el incendio ya se había desatado.
«Como sardinas»
Los pocos prisioneros que sobrevivieron confirmaron que una pandilla avivó el fuego. «No nos querían dejar escapar. Algunos que lograron llegar a la puerta fueron asesinados a disparos y machetazos», relató Enrique Wilano, quien llegó al hospital con un balazo en el hombro y un corte en la mejilla. Según dijo, otros compañeros murieron pisoteados en las estampidas que se producían cada vez que parecía abrirse una posibilidad de escape.
«Es una locura, los cuerpos estaban apilados unos encima de otros», relató el bombero Néstor Vera. «Vivían como sardinas y murieron como sardinas, ¿quién se merece eso?», preguntaba la madre de una de las víctimas en las afueras del penal. Ese lunes, equipos de la televisión local recorrieron las devastadas celdas grabando pesadillescas imágenes de cadáveres calcinados que fueron transmitidas sin censura en los noticiarios.
Lo concreto es que en el incendio de la cárcel de Higüey murieron casi todos los moradores del pabellón «Vietnam»: en los hospitales vecinos fueron internados apenas 18 reclusos. Los análisis forenses concluyeron que la gran mayoría de las víctimas falleció por asfixia, aunque muchos recibieron disparos antes de perecer.
Un lustro después de la tragedia, aún no se sabe cuánta gente murió en Higüey; ninguna autoridad carcelaria, de hecho, conocía con certeza el número ni la identidad de los residentes del presidio. De acuerdo a las diversas fuentes, la cifra de víctimas fatales osciló entre 131 y 135: es el incendio penitenciario que más muertes ha causado en el mundo durante la última década.
En su momento, la masacre de Higüey superó en número de víctimas a un terrible siniestro ocurrido un año antes en la cárcel de San Pedro de Sula, al norte de Honduras. En esa ocasión, un cortocircuito generó explosiones en cadena que arrasaron con las celdas: 102 fueron las víctimas fatales, en su mayoría jóvenes pandilleros. Hasta hoy los sobrevivientes acusan que los gendarmes, en vez de abrir las puertas, ejecutaron a quienes les imploraban piedad. «Querían que muriéramos todos adentro, no querían que saliéramos», denunciaba uno de los heridos en el hospital.
Desde esta semana, tercero en el terrible listado global de tragedias carcelarias de la década es el incendio del penal de San Miguel. Las coincidencias entre todos estos casos, por cierto, no son casuales.
Recuadro :
Las mugrientas cárceles latinas
E l sistema carcelario está en crisis a lo largo de Latinoamérica. El hacinamiento es norma; la inhumanidad e inmundicia de muchas cárceles chilenas se repite a lo largo del continente.
Un informe al respecto elaborado por FLACSO establece que «la sobrepoblación, la influencia de bandas criminales y la falta de inversión son comunes a todos los países». En El Salvador, por citar un caso, 24 mil reos viven en prisiones construidas para alojar a menos de 8 mil.
Por motivos obvios, el fuego en un calabozo supone un riesgo brutal: sin posibilidad de escape, reina la confusión y el pánico entre presos y guardias. En nuestros vetustos recintos carcelarios -sin sistemas centralizados de apertura de rejas- un chispazo puede acabar en holocausto; las vidas de docenas de personas hacinadas dependen de que un gendarme sofocado por las llamas (y temeroso de una eventual fuga) encuentre la llave de un candado.
No sorprende que Latinoamérica cope el listado incendiario. El listado es contundente:
2002, La Vega (República Dominicana): 28 reclusos muertos y decenas de heridos causa un incendio intencional originado por un grupo de amotinados.
2007, Santiago del Estero (Argentina): una quema de frazadas en demanda de mejores condiciones de alojamiento se descontrola; el fuego mata a 33 personas.
2008, Reynosa (México): un tiroteo entre narcos se prolonga durante tres horas; un reo rocía a sus rivales con gasolina y les lanza un fósforo encima. Mueren 21 internos.
2010, Ilobasco (El Salvador): un cortocircuito provoca un siniestro que se lleva la vida de 22 adolescentes


