Presidente intentó comer en el Starnberg luego de asistir al Monumental
El dueño del local lamenta lo ocurrido el martes que le envió una carta al mandatario para pedirle disculpas e invitarlo en desagravio,
«Pucha, señor Presidente, si llega un poquito antes se sienta aquí con nosotros y le alcanzamos a convidar algo, pero ya se llevaron todos los platos», bromeó uno de los comensales del restaurante «Starnberg». Risotadas. Todo el resto de la mesa dio rienda suelta a su picardía criolla y lo acompañaron con más tallas, que en rigor eran de solidaridad. Sebastián Piñera, encogido de hombros y con cara de resignación, las asumió todas de muy buen humor y, canchero, les advirtió que para la próxima les cobraría la palabra. Luego se despidió aceleradamente y salió como un rayo.
Igualdad ante la ley. y ante la hora de las comidas. Tal vez ese sea el concepto que podría redondear este curioso episodio, ocurrido a las 23.40 horas del pasado martes 16 de marzo, ocurrido pocos minutos después de que Piñera abandonara el Estadio Monumental, cuando el partido entre Colo Colo y Vélez Sarsfield por la Copa Libertadores aún se estaba jugando.
Ese fue el minuto en que el Presidente de la República y su flamante ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, tres garzones y unos cuantos parroquianos que cenaban en el «Starnberg» protagonizaron una anécdota gastronómica de antología, y que al día siguiente incluso fue comentada en la radio Universo por el ex ministro Francisco Vidal (ver recuadro). Anécdota que, por cierto, terminó con las dos autoridades del país sin plato y sin comida.
«Fue un malentendido que ocurrió en cosa de minutos, sin ninguna mala intención, que nosotros lamentamos mucho y por el cual ya ofrecimos toda clase de disculpas al afectado», comentó Felipe Mangini, uno de los socios dueños del establecimiento, sin tomárselo con escándalo y tratando de pasar el chaparrón por el lado simpático, pero de todos modos algo incómodo con el temita.
Ruido y balizas
El martes 16 fue uno de esos días complejos para el Presidente. Con la discusión parlamentaria del bono-marzo aún fresca y ya saturado de informes y reuniones post terremoto, decidió darse un respiro y a las 21.55 horas en punto, acompañado de Rodrigo Hinzpeter, su amigo y ministro del Interior, apareció muy sonriente en la tribuna Rapa Nui del Estadio Monumental, para ver el partido entre Colo Colo -equipo del cual sigue siendo accionista- y Vélez Sarsfield.
Como toda autoridad que se precie de tal, hubo aplausos y algunas pifias. Mucha gente se acercó a saludarlo y estrecharle la mano. Hasta los comentaristas de la cadena Fox Sports le dieron la bienvenida. «El Presidente Piñera, saludando y recibiendo una ovación del público chileno», dijo a su llegada el trasandino Diego Latorre. «No por ser Presidente voy a dejar de venir al estadio», le comentaría después el Mandatario a los medios nacionales.
El partido comenzó y la cosa no se veía bien para los blancos, que a duras penas terminaron el primer tiempo empatados a cero. Piñera se tomó un café y a poco comenzar la segunda fracción decidió irse, probablemente para evitar la aglomeración y ya previendo la difícil jornada que le esperaba al día siguiente. A esa altura el marcador seguía igualado. Quince minutos después Esteban Paredes marcó el 1-0 transitorio, pero el Presidente ya viajaba en auto por avenida Maratón con rumbo al restaurante.
«De pronto vimos un fuerte ajetreo en la calle y autos con balizas», cuenta un productor de televisión, que a las 23.30 horas era una de los pocos clientes que quedaba en el «Starnberg», ubicado en la calle Alonso de Córdova, esquina Vitacura. Se trata de un establecimiento de comida y estilo alemán, de esos muy acogedores y enchapados a la antigua, llenos de lámparas, contundentes mesas de madera, buena cerveza, chucrut desbordante y mozos con delantales.
Claro, eran las balizas presidenciales, pero el Mandatario, fiel a su costumbre de locomotora, no esperó que ningún guardia entrara a echar un vistazo, sino que se bajó como flecha junto a Hinzpeter, ingresaron -seguramente muertos de hambre- y le pidieron la carta al primer garzón que apareció.
En ese momento, desde una de las mesas, lo observaba un grupo de amigos suyos que habían llegado mucho más temprano y que estaban tomándose algunos jugos y bajativos tras su cena. Eran el periodista Jorge Andrés Richards, su esposa María Gracia Valdés, Gracia Tomic, y su pareja, el empresario Mauricio Banchieri, y el arquitecto Eduardo San Martín con su señora, Verónica Riutort.
«Todos se fueron»
Fueron dos minutos, apenas dos minutos, pero que para aquel mozo experimentado que recibió al Presidente deben haber sido una eternidad. Porque cuando Piñera, quien ya era habitué del local mucho antes de ganar la elección de enero, le preguntó qué podía cenar, el pobre funcionario, entre descolocado y nervioso, le respondió que la cocina estaba cerrada y gran parte del personal se había retirado, pero que vería lo que se podía hacer.
Obviamente el garzón voló, pero tampoco estaba diciendo ninguna mentira. La cocina de verdad estaba apagada y sola. También pasó raudo por los camarines, pero nada. A esa altura de la velada casi todo el personal se había retirado, incluyendo a los importantes cocineros. Así que tragando saliva y buscando la frase más amigable que pudo, tuvo que regresar a explicarle a Piñera que no lo podía atender porque no había nadie que le preparara ni siquiera un sándwich.
El momento pudo haber sido tenso. Cuántas cosas habrán pasado por la cabeza del Presidente. Cómo no hay un pancito con mantequilla, alguna cecina, lo que fuera. Pero él y su ministro se rieron y se lo tomaron con humor. Fuen entonces cuando se acercaron a saludar a la mesa de sus amigos y bromearon con ellos algunos segundos. Luego se retiraron tan rápido como llegaron.
Como se presumirá, a la jornada siguiente fue el tema del día en el restaurante, que de inmediato, y no sin alguna cuota de molestia, manejó su dueño, Felipe Mangini.
«Yo no estaba presente en ese minuto, pero desgraciadamente todo fue un malentendido. El señor Piñera ha venido varias veces, es cliente y nos conoce. Sabe que somos bien alemanes y que a veces cerramos más temprano, como aquel martes, cuando ya quedaban sólo dos mesas, que además habían cancelado su cuenta, y la mayor parte del personal se había retirado».
-¿Debe haber sido algo incómodo para ustedes?
-La verdad es que me da lata, porque más allá de que al Presidente se le explicó que la cocina estaba cerrada, creo que no reaccionamos de la forma adecuada. De todos modos, quiero aclarar que aquí no ha habido ninguna represalia hacia nuestro personal. Hace muchos años que todos ellos trabajan con nosotros, no han volado cabezas ni tampoco van a volar. Sí, en cambio, tuvimos una buena conversación para hacernos una autocrítica, porque era la primera vez que el señor Piñera venía como Presidente y se desperdició la ocasión. Fue un minuto en que quedamos en blanco y no supimos hacer el click adecuado.
-¿Han tratado de contactarlo después del impasse?
-Por supuesto. Le enviamos una carta formal a La Moneda ofreciéndole todas nuestras disculpas, que esperamos le llegue a sus manos. Y si no tenemos respuesta, se la haremos llegar a su domicilio.
El empresario Pedro Pablo Díaz, uno de los mejores amigos del Presidente Piñera, aclara la forma como él reacciona ante estas situaciones.
«Lo primero que debo decir es que yo no estaba presente, así que no me consta que la escena haya ocurrido tal como se ha comentado. Pero si así fuera, te aseguro que el Presidente es una persona muy sensata. Él puede tener muchos defectos, como cualquiera de nosotros, pero en ningún caso es revanchista ni rencoroso. Al contrario. Si efectivamente no lo pudieron atender él se lo tomó con humor, se fue sin problemas y asunto acabado».


