El ex fubolista evocó la figura de quien lo crió en comentado programa de televisión
El campeón de la Copa Libertadores 1991 dice que su tata fue su verdadero padre y quien con sicología inversa lo incentivó a jugar en Colo Colo.
Gabriel Mendoza (56) mencionó a su abuelo, conocido como El Orejón, durante su participación en el programa «La Divina Comida», y tanto él como sus compañeros contertulios se emocionaron: el tata del Coca, por parte de madre, fue fundamental en su formación como persona y en su lucha por ser futbolista profesional.
«Yo me fui a vivir con mi abuelo El Orejón (Eleazar Ibarra), mi abuelita (Magdalena Gálvez) y sus doce hijos, o sea mis tíos, a Graneros. Porque mi mamá, que fue abandonada por la persona que me engendró, tuvo que ponerse a trabajar como empleada doméstica, puertas adentro. A ella sólo la veía cada quince días, cuando le daba libre en la pega, así que yo me crié e hice familia con mis abuelos».
¿Usted se enganchó bien en lo emocional con ellos?
«Sí, siempre fui regalón de mi abuelita y de mi tía Coca, que hasta el día de hoy me trata como cabro chico cuando voy a Graneros».
-Y con El Orejón ¿también regaloneaba?
«Para nada. El Orejón era minero, de esos brutos y mañosos. Medía un metro 85 y se imponía por presencia. En esa época la autoridad se ejercía con correazos, coscachos y castigos y así nos crió a todos. Y como yo era palomilla y desordenado, trataba de mantenerme cortito».
¿Lo castigaba mucho?
«En realidad, no tanto. Fue mi verdadero padre y claro que me retaba, pero mi abuelita era la contención. El Orejón utilizaba conmigo lo que hoy se denomina sicología inversa».
¿Cómo así?
«El Orejón, viendo que yo no era bueno para los estudios, quería que yo, a eso de los 14 años, trabajara en algo para aportar a la casa. Me opuse porque lo que yo quería era ser futbolista profesional, pero como me probé tres veces en OHiggins y no quedé por ser chico y flaco, El Orejón me decía que me olvidara porque no era tan bueno para la pelota».
Drástico y duro El Orejón.
«Es que él hacía eso para picarme, para incentivarme. Ahora lo entiendo. Muchas veces, antes de una pichanga, me decía que si hacía cuatro goles me daba dos panes en lugar de uno para la once. Yo con eso me esforzaba, porque siempre he sido bueno para la marraqueta. Al fin y al cabo, eso me fue moldeando y haciéndome el guerrero que llegué a ser».
¿Era futbolero el abuelo?
«Fanático de Colo Colo. Me acuerdo de que con él y uno de mis tíos, el Erico, escuchábamos por la radio los partidos del Colo. Si ganaba, El Orejón se ponía con más cosas para la once. Si perdía, nos mandaba a todos a acostarnos, aunque fueran las tres de la tarde. Y sacaba los tapones de la luz para que todo estuviera oscuro. Así de fanático era de Colo Colo y por eso decía que si yo fuera bueno, jugaría en ese, que es el club más lindo del mundo».
Igual llegó a OHiggins. ¿Ahí El Orejón cambió en algo su actitud?
«Para nada. Ni me pescaba, pese a que yo destaqué desde el principio en las divisiones menores. Tuve suerte, porque yo a los 15 jugaba de volante derecho y el titular en ese puesto era un niño que se llamaba Marcelo Palominos, quien era el capitán y el regalón del club. Pero un día fuimos a jugar a Quilín y este Palominos se lesionó de gravedad y tuve que entrar yo cuando íbamos perdiendo 1-0, creo que contra Unión Española. El caso es que Coquita centra y aparece un compañero y empatamos. Y luego Coquita se la lleva y marca el gol de triunfo. Fui revelación del año y de Palominos nunca más supe. A los 16 años debuté en el equipo profesional y en 1988, con 20 años, era figura, ya jugando como lateral».
¿Y su abuelo?
«No iba nunca a verme a los partidos porque insistía que yo no era tan bueno. Pero un día todo cambió».
¿Qué pasó?
«Yo de nuevo había sido figura de un partido y, como me creía estrella, me iba solo y al final a los camarines. Siempre estaban mis amigos del barrio en el codo de cemento del estadio El Teniente y ese día me empezaron a hacer señas para que mirara a la galería. Ahí estaba El Orejón. Emocionado. Y yo me fui llorando al camarín. Era como si ese día me hubiese dicho: lo lograste».
Después debe haber estado orgulloso de verlo en Colo Colo.
«Puff, ahí sí que infló el pecho. Mis tíos lo llevaron a la final con Olimpia y estaba feliz. Fue una dicha porque él murió en 1992 pero alcanzó a verme con la camiseta del club donde, según él, jugaban los que eran buenos».



