Video viral fue publicado con la leyenda Quítenle la nacionalidad
Tres voces opinan: un chef, un historiador y un poeta.
Una empanada cubierta de ketchup y cortada con cuchillo y tenedor. La escena corresponde a un breve video que circula en redes acompañado de la humorada «Quítenle la nacionalidad». La secuencia encendió la conversación en la previa de las Fiestas Patrias. Algunos defendieron la libertad de gustos, otros aceptaron los cubiertos solo para retirar la aceituna, y un grupo más estricto la consideró una falta grave a la tradición.
Tres voces conversan en torno al viral. Desde la cocina, la historia y la literatura.
Probar antes de juzgar
El chef e investigador gastronómico Heinz Wuth observa el gesto y lanza una comparación directa: «Es como echarle ketchup a un plato de pastas». Lo que llama la atención, afirma, es la manera de hacerlo. «Se está comiendo la empanada con el cuchillo, le echa el kétchup como si fuera un sándwich. Entonces, el tema es ese». Aun así, aclara que cuestionar no significa cerrar la puerta. Para Wuth, la clave está en atreverse a experimentar. «Antes de considerarlo una aberración hay que probarlo, y después de probarlo uno puede tener una opinión mucho más informada».
El sabor también entra en juego. El ketchup, dice, puede alterar el equilibrio del relleno. «El dulzor del ketchup puede opacar el picor de la empanada». En tiempos de celebración nacional cree que la tradición pesa más. «La empanada de pino es lo que nos enorgullece como chilenos. El ketchup puede ser interesante como propuesta, porque finalmente es tomate dulce, pero en estas fechas hay que velar más por lo propio».
Un símbolo sagrado
El historiador Matías Hermosilla, doctor en Historia por Stony Brook University, ve la discusión como un asunto de identidad. «La empanada es un símbolo nacional, casi sagrado». Explica que la comida nunca es neutra: «Siempre es un ejercicio de nación, algo por lo que se pelea y se debate». Esa carga cultural hace que las bromas tengan peso. «Frases así aparecen muy claras: eso de traicionar el espíritu de la nación, que es como traicionar el alma de Chile. Es parte de ese juego; un poco en broma, un poco en serio».
Hermosilla recuerda que cualquier intervención sobre una tradición provoca resistencia. «Cualquier intervención, como una arepa de pino, a la gente le genera miedo, porque significa construir un significado diferente de lo que están acostumbrados». La empanada, en ese sentido, se vuelve un campo de batalla simbólico.
La magia del caldo
El poeta e investigador Guido Arroyo, coautor del libro «La ruta de los bares. Guía de picadas chilenas», aborda el tema desde lo práctico. «La magia está en el caldo del pino, y con cubiertos se pierde». Para él, lo imperdonable no es la salsa sino dejar escapar el jugo que concentra el sabor. Aun así, no plantea restricciones en los condimentos: «En términos de gusto no hay límites, se le puede echar lo que uno quiera. Lo importante, lo imperdonable, es no comerla con la mano».
Más que una empanada
Las posturas no se excluyen, pero muestran tensiones. Wuth se abre a la innovación: «Hay gente que le pone mayonesa al puré, y hay gente que lo considera una aberración, pero queda bastante bien». Hermosilla recuerda el peso de la tradición: «Las tradiciones se enmarcan en el alma de la persona. En el alma de una nación». Arroyo insiste en el caldo como esencia: «Ahí se juega la sazón».
Las Fiestas Patrias están cerca y la empanada volverá al centro de la mesa. El debate seguirá con la pasa, la aceituna, el anticucho o el terremoto. Comerla con cubiertos o cubrirla con ketchup se suma como la última chispa de un clásico conflicto dieciochero.


