FOTOS DE REFERENCIA (Cargar Manualmente):
FOTO 1
Ruta: /2015/02/20/Cultura@1_GGQ2K0ITI_1_100_02_2002_CULTURA.jpg
Título/Pie de foto: La caja vacía
Alberto Aguilar
Contragolpe, 2014, 68 páginas.
FOTO 2
Ruta: /2015/02/20/Cultura@1_GGQ2K0ITI_1_CUL_espinosa_2002_IMG0.jpg
Título/Pie de foto: Patricia Espinosa
Mediante el humor, Alberto Aguilar logra en esta novela alivianar la concepción de la literatura como «casa del ser»
y del escritor como un santón
cargado de aura.
Patricia Espinosa
El tópico del escritor en busca de inspiración y angustiado por el acto de escribir es habitualmente el templo principal al que concurre todo autor que pretende filosofar desde la podrida alta cultura literaria.
Esa idea del arte ha sobrevivido imperturbable en muchísimas novelas nacionales, incluso al aparecer remozada en aquellas narraciones que incurren en la llamada metaliteratura.
La caja vacía , de Alberto Aguilar, podría haber sido simplemente un eslabón más de esa penosa cadena; sin embargo, tiene un rasgo diferenciador: mediante el humor logra alivianar la concepción de la literatura como «casa del ser» y del escritor como un santón cargado de aura.
La novela nos enfrenta al relato del escritor Simón Gálvez, quien anda tras los pasos de Carlos Ojeda, narrador de culto ya fallecido, autor de un libro vanguardista similar a uno de James Joyce, que cambió el modo de hacer literatura en Bahía Desolación, ubicada en la provincia chilena.
Matilde, la hija del vanguardista, le cuenta a Gálvez que su padre lo estimaba profundamente, razón por la cual ella lo invita a su casa. La vanguardia en un pueblo mísero y perdido, y la existencia de una obra sin crítica, con no más de un puñado de lectores amigos del escritor, constituyen elementos que contribuyen a dar un tono de oscuridad a la historia.
No obstante, este tradicional tinglado se resquebraja por la ridiculización a la que es sometido el protagonista. Aguilar interviene la severidad de su personaje, Simón Gálvez, quien pena y muere por la literatura, representándolo como un tipo histérico.
De ese modo, lo que aparenta ser una bacanal de metatextualidad, resulta ser no más que una coraza frágil donde se filtra de modo constante el tono burlón del volumen. Así, el severo y paciente escritor agobiado por no producir nada hace más de diez años, comienza a mostrarse como un sujeto nervioso que suele salirse de sus casillas en cada situación que no calce con sus expectativas.
Pues bien: a fuerza de ironizar con los tópicos literarios, el libro va permitiendo que los deseos elevadísimos y grandilocuentes del protagonista deban convivir con su desmejorada economía y su alterado carácter.
A partir del viaje en micro hacia el poblado, el escritor se ve enfrentado a diversos personajes que lo maltratan o provocan. En principio guarda silencio y sólo divaga en la odiosidad que le generan, para luego reaccionar con exaltación, manifestando sus discordancias y exigiendo derechos.
Sin abandonar su actitud de bien portado y pusilánime, Simón Gálvez experimenta un severo cambio de personalidad, que dota al relato de cierto tono fantástico que permite releer todo su periplo desde un desplazamiento de lo real.
La caja vacía no es para desternillarse de la risa, pero consigue que conviva lo ceremonioso con escenas de cierta comicidad manifiesta en pequeños actos estrafalarios al contexto en que se ubica el protagonista.
La reflexión intraliteraria, que logra sacudirse su pedantería implícita, y el uso de un humor centrado en un escritor enfermo de literatura y enfermo de ridículo, son los dos ámbitos donde mejor se desenvuelve Alberto Aguilar en ésta, su segunda novela.
La caja vacía
Alberto Aguilar
Contragolpe, 2014, 68 páginas.


