Codirige el Centro de Aplicaciones Fágicas y Terapéuticas Innovadoras (IPATH)
Steffanie Strathdee usó un virus que secomió una bacteria que no moría con ningún antibiótico conocido.
Cuando los médicos estadounidenses le dijeron a la epidemióloga Steffanie Strathdee que no existían antibióticos capaces de salvarle la vida a su pareja, Tom Patterson, decidió investigar y poner a prueba un tratamiento poco conocido que consiste en el uso de virus para atacar las bacterias megaresistentes a cualquier tipo de antibiótico conocido: la terapia de fagos.Strathdee y Patterson viajaron a Egipto el año 2015. El sueño de ambos, cuenta Strathdee, era conocer la necrópolis del Valle de los Reyes, donde se encuentran momificados la mayoría de los faraones del Imperio Nuevo. Mientras disfrutaban de la comida en un crucero, dice, Tom enfermó. «No podía dormir, vomitaba toda la noche. Yo estaba bastante molesta, la verdad. Hasta que me di cuenta de que efectivamente estaba muy enfermo. Lo primero que hicieron fue trasladarlo hasta una clínica en Luxemburgo, lugar en el que iniciamos el viaje en barco. Allá no les gustó lo que vieron, así que lo enviaron a Alemania, donde lo diagnosticaron con un absceso intestinal del tamaño de una pelota de tenis», describe.
¿Qué fue lo anormal de ese diagnóstico?
«Dentro de ese absceso, que era un cálculo biliar que estaba bloqueado, le encontraron una bacteria que es resistente a todos los antibióticos. Es de las peores del planeta. Se llama Aracobacter. Cuando me dijeron eso me asusté porque me di cuenta de que mi esposo era una de las personas afectadas por la época actual en la que somos resistentes a los antibióticos. No funcionan en nosotros. De hecho, si no hacemos nada para revertirlo, para el año 2050 una persona cada diez segundos o diez millones de personas al año morirán de una infección superbacteriana».
¿Qué ocurrió con su marido después?
«Lo trasladaron a Estados Unidos. Después de eso me dijeron que no iba a sobrevivir y tuve una conversación con él mientras estaba en coma. Le dije que necesitaba saber si realmente quería vivir y que si quería, debía luchar como nunca. Me tomó la mano fuerte y me emocioné. Pensé en qué iba a hacer porque yo soy epidemióloga y no médico. Hice lo que cualquiera haría. Fui a mi casa y me puse a investigar por mi cuenta».
¿Concluyó algo?
«Sí, redescrubrí una terapia con bacteriófagos, que son virus que evolucionaron para comerse bacterias. Eso es algo que se descubrió antes de la penicilina, incluso. Pero con la Segunda Guerra Mundial nos olvidamos de aquello en esta parte del mundo porque se dijo que la terapia de fagos o con bacteriófagos era una propaganda soviética».
Pero bacteriófagos hay miles.
«Hay cerca de diez millones. Eso fue exactamente lo complicado. Finalmente un equipo militar de Estados Unidos encontró el bacteriófago indicado. Después de tres semanas la Food and Drug Administration (FDA) envió un mail mencionando que aprobaron el tratamiento con un bacteriófago específico para un paciente que estaba muriendo. Mi esposo. Ni siquiera podía mover sus manos, estaba a horas de morir cuando recibimos la noticia sobre la aprobación de la terapia. Fue el momento más aterrador de mi vida. Comenzaron la terapia a los tres días de la aprobación del tratamiento, mi maridó despertó, levantó la cabeza y le besó la cabeza a su hija. Fue muy difícil que la FDA aprobara la terapia porque era experimental y la persona tenía que estar muriendo para que lo aprobaran como terapia de uso compasivo».
Esa historia la vi en TikTok.
«Se hizo viral. Tenemos un libro que se llama El Depredador Perfecto. Los pacientes que necesitaban tratamientos podían contactarnos. Ayudamos a muchas personas. En San Diego nos dieron financiamiento y nos convertimos en el primer centro de terapias con bacteriófagos de Norteamérica. Hemos ayudado con infecciones urinarias, infecciones de uniones de huesos y otras. Ahora estamos armando una biblioteca de bacteriófagos para no tener que volver a buscar en aguas de desagüe ni en pantanos para encontrarlos. Ahora los tenemos en un refrigerador. En Brasil tenemos unos colegas haciendo lo mismo».


