Hace más de medio siglo el título «Escalera al cielo» figuró en canciones populares que hicieron famosas tanto Neil Sedaka como el grupo Led Zeppelin con contenidos muy diferentes, porque esa simple trilogía de palabras da para mucho. Tanto, que ha sido empleada también para titular novelas y películas de muy diverso discurso.
Hace pocos días llegó al Teatro Municipal de Santiago el «Stabat Mater», de Gioacchino Rossini, en una versión tan refinada, conmovedora y luminosa que bien puede decirse que fue una verdadera escalera al cielo.
Anótese que el texto de esta magna obra del repertorio religioso para solistas, coro y orquesta alude al dolor de la Virgen María ante su hijo crucificado, con antiquísimos versos latinos que han sido musicalizados en siglos por muchos compositores, la gran mayoría bajo un lógico ánimo sufriente, incluso opaco.
Rossini, en cambio, lo enfrentó privilegiando su posición soberana en la corriente operática llamada «bel canto», donde primaba la hermosura melódica y un afán expositivo diáfano.
Así, su «Stabat Mater» tomó un rumbo bastante ajeno al dolor intrínseco del texto y se enfiló por lo calmo, amable y esperanzador.
El director invitado para comandar la reciente interpretación fue Evelino Pidò, maestro de fama mundial, justamente especializado en «bel canto». Con ello la conexión entre la partitura rossiniana y su tan experta batuta fue intensa, teniendo como resultado una versión en que dominó lo expresivo y un refinamiento extremo, cuya claridad delineó la escalera celestial, ciertamente divina, a que alude este comentario.
Pidó siempre tuvo al Coro del Municipal y su orquesta Filarmónica en la punta de los dedos, guiándolos con serena y sublime espiritualidad. El cuarteto de excelentes solistas lo conformaron María Mokareva (soprano), Megan Moore (mezzo), Leonardo Sánchez (tenor) y Matías Moncada (bajo). Llamó la atención el canto del tenor en su aria «Cujus animan», muy firme, pero ajena a esos vanos tintes excesivamente heroicos tantas veces agregados.
El programa incluyó de partida la Sinfonía N°45, «La despedida», de Haydn, sobre cuya melodiosidad el maestro Pidò infundió ese mismo refinamiento, pero esta vez con pizcas de humor, que se explicitaron escénicamente cuando los músicos comienzan a retirarse de la orquesta.


