Andrés Rodríguez lanzó Detrás del telón, libro que recopila sus 34 años como líder de ese recinto
Su esposa le cocinaba a los artistas y los llevaban a la casa en el campo de sus suegros. No teníamos cómo pagarles lo que ganaban afuera. Acá lo pasaban bien, era una experiencia.
«Si bien estas no son memorias autobiográficas, sino miradas a una obra, fue una a la que dediqué mi vida más de un tercio de siglo». Esta fue una de las reflexiones de Andrés Rodríguez, quien fuese director del Teatro Municipal por 34 años (1981-2015), y que gracias a sus gestiones el lugar se volvió escenario y Chile sede para espectáculos y artistas de talla mundial como Luciano Pavarotti, Plácido Domingo, Mikhail Baryshnikov, Claudio Arrau entre tantos, tantos otros. Este miércoles por la tarde, en Club de Lectores El Mercurio, Rodríguez llenó el salón para el lanzamiento de «Detrás del telón» (Ediciones El Mercurio), el libro donde recopila y desmenuza con detalles, recuerdos, secretos y anécdotas sus años a la cabeza de producidos espectáculos e infidencias con estrellas de la música clásica y la danza. Durante su gestión, sólo en la ópera, se estrenaron 32 obras y se amplió a títulos extranjeros que se presentaron.
Al evento, además de estrellas de la lírica que han hecho carrera en el extranjero como Verónica Villarroel y Patricia Vásquez, también llegaron los exalcaldes de Santiago (comuna donde se ubica el Teatro Municipal): Carlos Bombal, Jaime Ravinet y Raúl Alcaíno. Ellos, y el resto de los presentes, aplaudieron y saludaron efusivamente a Rodríguez en el lugar, quien firmó decenas de ejemplares.
Andrés Rodríguez estaba recién recibido de abogado cuando su pasión por la música lo hizo estudiar en un Conservatorio en Venecia para ser tenor. Sin embargo, las circunstancias políticas y sociales de esa época no le permitieron avanzar en ello «como yo quería», y en Chile se encontró con Bombal, quien sabía de sus conocimientos en ópera y le consultó sobre su opinión de mejoras para el Municipal, y así le presentó proyectos.
«Antes encontré que era prematuro hacer un libro, que podía ser un poco pretencioso, y a mí no me gusta mucho la exposición. Pero con el tiempo me di cuenta que había una serie de realidades que circulaban en el ambiente artístico y que no tenían que ver con lo que pasó, hechos y situaciones distorsionadas, malinterpretadas. Así que me dijeron que si no escribía lo que hice, se lo iba a llevar el viento y eso me fue convenciendo en el tiempo. Yo tengo un archivo personal, muy desordenado, pero con fechas exactas y afortunadamente tengo buena memoria, así que los datos son precisos en el libro. Espero que sea entretenido para el público», expone sobre sus motivos para escribir «Detrás del telón».
En el libro cuenta que solía llevar a los artistas a la casa en el campo de sus suegros para que se desconectaran.
«Chile está muy lejos, entonces cuando le hablaba para venir a un artista con cierta importancia, ellos ya tenían alguna referencia por la larga historia teatral que tenemos; y también quería que se sintieran acogidos porque estamos a 12.000 kilómetros de Europa, y ellos venían por un mes y medio a veces, entonces había que darles una sensación de calidez que los motivara a volver más adelante. Mi señora les cocinaba personalmente. Y esto con ir al campo era una delicadeza, salíamos a caminar por los huertos y jardines, y ahí tuvimos gente que nunca había visto un árbol de limón o naranjas en su vida, eso y las conversaciones y los almuerzos, generaban cercanía con ellos.
Entonces esta información se fue expandiendo, sabían que en Chile trabajamos con profesionalismo y que además los atendíamos muy bien».
El nivel que alcanzó el Teatro Municipal se volvió, según relata, «una exigencia del público porque la gente se acostumbra a las cosas buenas. La gente reconocía a las estrellas y les daba aplausos explosivos. Así que se empezó a correr la bola sobre Chile, y acá no teníamos cómo pagarles lo que ganaban afuera, entonces yo les prometí que era un secreto y que nadie sabría cuánto les íbamos a pagar aquí. Y así empezaron a venir todos, porque lo pasaban bien, era una experiencia».
Esos buenos lazos, como narra en el libro, hicieron que una vez en Londres, Pavarotti le pidiera a Rodríguez acompañarlo a una cena de trabajo en el Hotel Savoy. «Lo conocí cuando vino a Santiago (en 1991), estuve mucho con él y creamos una relación muy cercana. Yo conocía a su mujer, que tenía una agencia artística, y recibí una llamada de que él quería venir a Chile a dar conciertos masivos (en el Estadio San Carlos de Apoquindo). Vino y tuvo un éxito maravilloso, él se quedó con Chile grabado. Y esa vez en Londres, estaba él presentando Un baile de máscaras y yo lo fui a saludar a su camarín, y me preguntó qué hacía a la noche porque tenía una cena donde haría una donación y me dijo que prefería estar (ahí) con sus amigos. Estábamos en una mesa con el flautista Andrea Griminelli, Ilaria Bulgari y alguien más; él hizo la donación, se sacó las fotos y se fue a sentar con nosotros. Lo pasamos maravillosamente», recuerda ahora.
A pesar de su numeroso archivo de logros y anécdotas, como dejar que un nieto de Plácido Domingo, estuviera junto a él en el escenario durante las funciones de «Il Postino» (2012), o ver cómo el bailarín ruso Mikhail Baryshnikov (en 1993) ni se inmutó cuando en una de sus presentación un murciélago comenzó a moverse por el teatro; señala que uno de sus momentos favoritos en su cargo fueron: «cuando hicimos mejoras técnicas que permitieron mejorar la escenografía, vestuario, usar los primeros videos y fue una revolución a la escenografía de cartón pintado».
Este martes Andrés Rodríguez fue presentado en el famoso Teatro Colón de Buenos Aires como director de ópera, donde seguirá trabajando. «Han sido días tremendos», cierra con una sonrisa.



