A esta altura Francisca Crovetto tiene un hombro como el de Terminator; y un par de brazos perfectamente calibrados que podrían tocar el piano con la misma sensibilidad que cargan su fiel escopeta.
A uno le tiembla todo cuando la británica Amber Jo Rutter falla uno de sus platillos por la definición del oro en el tiro skeet de Paris 2024. ¿Es normal alegrarse por los errores de los otros? La respuesta tiene que ver con la historia del deporte y los Juegos Olímpicos: que gane la mejor. En el puesto 4 del Centro de Tiro de Chateauroux, la chilena Francisca Crovetto Chadid se enfrenta a un sueño que empezó a construir desde que a los 3 años acompañó a su padre para verlo disparar en un club de tiro de San Miguel. Ahora tiene 34, con su Beretta DT11 en guardia y dos platillos que la separan del destino, o lo que sea que ocupa su lugar cuando hablamos de destino.
El platillo que sale desde la caseta de la derecha, a una velocidad de sesenta kilómetros por hora, lo alcanza por el centro, justo frente a ella: el polvo rojo que libera en el aire es la señal de impacto. Tiene menos de un segundo para darle al otro platillo, que se cruza de izquierda a derecha. Este es uno de los grandes misterios del deporte: esperar toda una vida por esa decisión que puede cambiarlo todo en menos de un segundo.
Hay miles de tiros y de platillos rotos de distancia entre el comienzo y el final. Miles de horas empleadas en preparar el ojo y entrenar el pulso para tener una oportunidad, quizás única, de ser la mejor. A uno afuera le tiembla todo, mientras ella sólo piensa en ese platillo anaranjado que ya cruza frente a su atenta mirada, listo para escaparse si se lo permiten. Miles de culatazos después, su hombro conoce bien el costo de la grandeza. «Yo recibo un impacto de 1,2 toneladas doscientas o doscientas cincuenta veces al día», contó una vez ella misma. A esta altura Francisca Crovetto tiene un hombro como el de Terminator; y un par de brazos perfectamente calibrados que podrían tocar el piano con la misma sensibilidad que cargan su fiel escopeta.
Es largo el camino del éxito y las derrotas también suman, sobre todo las que duelen: Londres 2012, Río de Janeiro 2016 y Tokio 2020 desfilan entre sus recuerdos como una prueba de fe y un cúmulo de experiencia. Algunos le enrostraron la posibilidad del fracaso; ella les habló de aprendizaje. Las mejores victorias son aquellas que se construyen derrota tras derrota.
Falta un platillo y se acaba. O sigue, si Crovetto lo falla. Amber Jo Rutter tiene ahí, sin saberlo todavía, a su hijo Tommy de tres meses en brazos de su esposo: arribaron a París en la noche anterior para lo que los necesitara, también en el momento más importante de su carrera. Crovetto tiene a su madre y a su esposo a un costado del campo. Otro encanto del deporte: todos tienen una historia y méritos de vida suficientes que contar. Quien gana honra de esa manera el esfuerzo de todos los que van quedando atrás.
La medalla de plata está segura. Después de 200 platillos que pasan delante de sus ojos en Chateauroux, el 201 es el que define. Con un grosor de 2,5 centímetros y un diámetro de once, no es precisamente un blanco fácil en el aire. Francisca Crovetto también falla a veces. Cuando tenía 10 años recibió un culatazo tan fuerte en su primer disparo que se fue para la casa, asustada y adolorida: recién volvió a competir a los 13.
Desde el pasado llega el nombre de Marlene Ahrens, la única mujer de Chile con medalla olímpica desde su plata con la jabalina en Melbourne 1956. Ya es hora de un nuevo paso al frente para las chilenas, un nuevo orgullo para todas e inspiración para las que vienen. La hija de Pancho Crovetto y Julia Chadid está en posición de tiro, cara a cara con el platillo de su vida. El último cartucho sale de su arma con la debida puntualidad. ¿Llegará donde tiene que llegar? Francisca Crovetto siempre supo que no se dispara directamente hacia el platillo, sino hacia el futuro: el lugar exacto, unos centímetros más adelante, donde sus sentidos le dicen que va a encontrarlo. Y sí. Francisca Crovetto es oro para Chile y nosotros todavía estamos temblando.


