Gatos choros

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Neruda tuvo intuiciones felices sobre el gato: lo consideró el único animal perfecto, al que no le sobra ni le falta nada. Lo llamóvestigio de la noche y mínimo tigre de salón.

Hace unos días circuló en internet el video de un gato que les da la frisca a dos caimanes, uno por uno. En ambos casos aplicó la misma técnica: un acercamiento decidido, la posición de ataque con el lomo erizado y luego, en un avance osado, un molinete de arañazos. Los caimanes retrocedieron prudentemente y se refugiaron en el agua.

Fue un espectáculo maravilloso, un sincretismo de furia animal y de elegancia fría. Por lo demás, en cuanto documental pasan por la televisión los cocodrilos y los caimanes siempre llevan las de ganar, triturando con sus caóticos dientes saturados de bacterias a cuanto incauto animal se acerca a saciar la sed al agua barrosa. De tal modo fue muy placentero ver cómo por una vez alguien les hacía un parelé.

Los gatos son por lo general seres muy caballerosos. No tienen, como la mayoría de los perros, la agresividad a flor de piel. Se diría más bien que la guardan para cuando la ocasión lo amerite. El resto del tiempo merodean, remolonean o caen en un sueño que parece profundo. A veces, ante la presencia de un perro movedizo y ruidoso, prefieren subirse a una pandereta o a un estante y desde ahí le dirigen una mirada de indiferencia despreciativa.

Cuando los gatos pelean entre sí la lucha es espantosa. Todos los que hemos tenidos gatos machos nos hemos enfrentado al problema de curar heridas sanguinolentas, con la carne hecha un colgajo. De las peleas de gatos yo recuerdo un olor imborrable: el de la adrenalina, semejante al del agua podrida. Reconocí ese olor en una cachetina de curados que me tocó presenciar una noche en Providencia, hace años. Los tipos se revolcaban en la vereda entrelazados, mientras un corro de ociosos les avivaba la cueca.

A raíz del video me puse a buscar otros similares en Youtube. Encontré uno increíble, en que un gato blanco se lanza sobre un rottweiler como un misil. La gente que andaba por ahí intentaba alejarlo a patadas y el gato hacía unas fintas y volvía con su ataque aéreo. El registro más gracioso es el que muestra a un oso olisqueando unos arbustos: de repente da un salto y sale corriendo perseguido por un gato que debe haber tenido un vigésimo de su tamaño.

Neruda tuvo intuiciones felices sobre el gato: lo consideró el único animal perfecto, al que no le sobra ni le falta nada. Lo llamó»vestigio de la noche» y «mínimo tigre de salón». Por otro lado, Eliot escribió que cada gato tiene tres nombres: el nombre común, el nombre divertido, y el misterioso y singular nombre propio que sólo el gato conoce.

Ah, los felinos, no sabemos por qué parecen encarnar un misterio en sus movimientos sigilosos y en sus pelajes polvorientos. Son, como el fuego y el agua, susceptibles de ser contemplados largo rato. Hasta para morir se reservan cierta majestad, como el león melenudo que corre a enfrentar al cazador que lo apunta con la escopeta: la descarga lo sorprende en el aire, arrojado sobre su verdugo.

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