FOTOS DE REFERENCIA (Cargar Manualmente):
FOTO 1
Ruta: /2015/01/22/Cultura@1_GSD2JVF8I_1_CUL_ColumnaAntonioGil_2201_IMG.jpg
Título/Pie de foto: Antonio Gil
Antonio Gil
Todos esperamos que, automáticamente, haciendo clic en el interruptor se encienda la ampolleta del velador o que pulsando el control remoto aparezca de golpe en la pantalla del televisor el programita de nuestros amores, por mísero que sea. Pero esperamos que todos estos portentos ocurran mágicamente, ya que donde vamos leemos lienzos y pancartas que rezan «No a la termoeléctrica de Tentenvilú» o «El Maquí sin represas», entre otros centenares de causas «medio ambientales», que según parece aspiran a energías limpias, cero invasivas y producidas por arte de birlibirloque.
Siendo como somos feroces consumidores, inevitablemente nos caracterizamos por ser infatigables productores de deshechos, pero también repudiamos con santa repugnancia la instalación de cualquier tipo de basural o vertedero para nuestros despojos. Somos bellas almas y, como tales, adherimos sin reservas a toda buena causa, especialmente si no requiere de esfuerzo alguno por nuestra parte. Así las cosas, todo parece indicar que estamos requiriendo de un Chile paralelo, emplazado en otra dimensión. Un país donde en forma invisible se instale la trastienda de todas estas cosas que necesitamos y odiamos al mismo tiempo con tan primorosa dedicación. Allí podríamos tener un gran basural en la Vitacura B, cárceles de alta seguridad en Los Dominicos Virtuales o un parque termoeléctrico que ocupe toda la región digital de Los Lagos y Los Ríos, sólo por decir algo.
Nos parece que la tecnología, por desgracia, todavía no alcanza esos niveles de sofisticación, pero no perdamos las esperanzas. La ciencia trabaja incansablemente, y de forma exclusiva, para pelar la breva y ponerla en la boca de estos raros seres que somos, ya que ésa es su razón de ser: satisfacer plenamente a estos auténticos testículos en agua tibia que somos, siempre aspirando a todo sin estar dispuestos al menor sacrificio a cambio de nuestra seguridad y nuestras crecientes aspiraciones y golosas demandas de comodidades.
¿Quizá llegó la hora de iniciar la exploración de algún planeta? ¿O mejor nos compramos el desierto de Gobi para convertirlo en un vergel de quemazones, plantas termonucleares, cárceles llenas de enfermos contagiosos, colegios para raritos de toda laya, feos campamentos tipo favela del tercer mundo, mendigos, locos e incluso alguno que otro parlamentario? Imaginen el puerto de Ventanas, pero a gran escala. U otro puerto cuyo nombre olvidamos, con silos que se alzan altaneros en el centro de la ciudad, por la misma que corre sin cesar, como en una pesadilla, un tren cargado con ácido sulfúrico.
La tecnología nos quiere hacer vivir abrumados de delicias sanas y bellas, a las nos sentimos llamados por mandato divino. Ésa es la Tierra Prometida. Mientras tanto, quedan invitados cada vez que aprieten el interruptor, a hundir la cabeza en la arena como hacen los avestruces porque esa luz que lo invade todo, esa claridad tranquilizadora, de seguro viene de algún lugar muy triste y tenebroso que no tenemos por qué conocer.


