En Chile está el 20% de todos los cráteres activos del mundo
Aparte de la clásica piedra pómez, son fuente de energía, sirven para fabricar adoquines y sin ellos no tendríamos cobre.
No solo piedra pómez y fotos sorprendentes nos dan los volcanes. Gracias a ellos en Chile tenemos cobre, oro, termas y calles aptas para el tránsito vehicular, entre otros beneficios. «Casi todos los adoquines que hay en Santiago, estos chiquititos que están en las calles más viejas, son de roca volcánica antigua de los cerros que están al norte de Santiago. No todo es piedra pómez. Hay toda una variedad de rocas volcánicas y todas ellas pueden tener su interés para construcción y ornamentación. Además, después de la erupción se arrasa, pero la degradación del material volcánico tiene muchos oligoelementos y ese material es muy bueno para el suelo. Si no hubiesen volcanes no tendríamos cobre, oro, ni podríamos pensar en desarrollar la geotermia», explica el geólogo Diego Morata, de la Universidad de Chile.En Chile, país de valientes, no sólo se registran dos de los peores terremotos de la historia. Se calcula que el 20 por ciento de los volcanes activos del mundo están aquí. En total son unos dos mil a lo largo de la cordillera de los Andes, 500 de ellos activos. Científicos como Morata, director del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes, ven en ellos una potencial fuente de energía de carácter «inagotable, renovable, no convencional y no contaminante».
La explotación de los volcanes, dice Morata, sería «bien fácil. Una vez localizada el área con el potencial geotérmico, mediante perforaciones profundas -que en Chile podrían ser del orden de los 1.000 a 2.000 metros- se alcanza lo que nosotros denominamos el reservorio geotérmico, que no es ni más ni menos que agua caliente, a temperaturas que pueden estar hasta los 300 grados Celsius. Lo que se explota es esa agua caliente y lo que se hace en superficie es ‘extraerle' el calor al agua, aprovechar ese calor, que se transforma en energía, y luego reinyectar el agua fría al sistema. De esta forma no se pierde agua, no se afectan los acuíferos y el ciclo se mantiene cerrado».
Al geólogo le preocupa que a pesar de tener tantos volcanes como vecinos, los chilenos sepan tan poco de ellos. «Nosotros estamos en lo que se conoce coloquialmente como el Cinturón del Pacífico, que es el resultado de la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana. Como resultado de eso hemos tenido, tenemos y seguiremos teniendo volcanes toda la vida, así que es parte de la idiosincrasia de este país, igual que los temblores, y lo que uno tiene que hacer es saber convivir con el volcán, conocer cuáles hay, cuáles están activos, dormidos y los que ya están apagados. Es una misión que los científicos más o menos la conocemos, pero la sociedad sabe muy poco y cuando se informa siempre es de modo muy alarmista», explica.
-A propósito de alarmista, ¿es posible esperar más erupciones a causa del terremoto del 27 de febrero?
-¿En que volcán?
-No sé, cualquiera…
-Un terremoto puede activar volcanes, eso es correcto. Hay casos en la literatura y nosotros lo vimos en el año 1960, pero no todos los terremotos activan los volcanes. El Cordón Caulle hizo erupción dos días después del terremoto del 60 y eso sí que fue una relación de causa-efecto. En eso no hay ninguna duda, pero (el nexo entre sismos y erupciones) es un tema abierto. Algunos investigadores piensan que sí podría tener una relación indirecta y otros que sencillamente tocó.
-¿Qué peligro hay con los gases del Cordón Caulle?
-La columna que estamos viendo es vapor de agua, mayoritariamente, pero la composición química de los gases depende de volcán a volcán. La gente está comentando que huele mucho azufre y eso debe ser por la cantidad de sulfhídrico, de CO2, pero esos gases se disipan en la atmósfera, no tienen mayor problema. Ahora, las cosas hay que ponerlas en su lugar: la última erupción del Lonquimay, en el año 1988, se caracterizó por tener una gran cantidad de gases cargados con flúor que contaminaron las aguas, el aire, el suelo y hubo una gran mortandad animal, pero eso no significa que todos los volcanes vayan a echar mucho flúor. Cada volcán es de su padre y de su madre, tiene características petrológicas propias y por eso hay que estudiarlos todos. Lo que se aprenda de uno no sirve para todos.
«Los volcanes son parte de la idiosincrasia de este país, igual que los temblores», dice Morata.
La erupción que oscureció Santiago
Los santiaguinos pensaron que se acababa el mundo cuando el 10 de abril de 1932 el cielo se oscureció de repente. En la cordillera frente a Talca, actual Región del Maule, el volcán Quizapu había hecho una erupción «megacolosal», en términos vulcanológicos. «Hay registros de que Santiago se oscureció por las cenizas. La magnitud de la explosión, en la escala de índice de explosividad volcánica, fue la más grande de toda la cordillera de los Andes. El Quizapu tiene su historia, comenzando por el nombre. El mito urbano es que cuando hizo erupción el año 1932 vinieron a verlo unos vulcanólogos de Estados Unidos y les preguntaron a los lugareños bueno, ¿este volcán tendrá nombre, no? Y les respondieron quizá puh «, relata Diego Morata.
Frente a Santiago hay tres volcanes activos, en la zona del Cajón del Maipo: el San José hizo erupción en 1960, el Maipo en 1912, y el Tupungatito en 1987. Morata agrega que «son erupciones que generalmente no son grandes y como el viento va desde el Pacífico a Atlántico las cenizas caen para el otro lado y aquí en Santiago no se nota. El San José y el Maipo tienen una fumarola constante, son volcanes activos. En caso de alguna erupción, el San José, por la cantidad de nieve que tiene o que puede acumular en invierno, podría provocar un deshielo y ahí, más que la erupción misma, el problema serían las avalanchas que irían por el río Maipo, que llega hasta Santiago».
El peligro oculto de los hawaianos
H ay volcanes como el Osorno o el japonés Fujiyama que son una delicia fotográfica por sus conos perfectos. Otra cosa son los hawaianos, de base muy ancha y descritos como platos de sopa invertidos: la pendiente hace que torrentes de lava se deslicen tranquilamente, a veces hasta caer al mar. Son una atracción peligrosa, porque la gente se acerca tanto que pueden sufrir accidentes. «Los volcanes de Hawai son guatones y con un cráter muy grande. El Mauna Loa y Mauna Lea, de hecho, se llaman volcanes escudo porque tienen una base muy grande porque la dinámica no es ¡paf!, explosiva, sino que se desparraman despacito, despacito», ejemplifica Morata.
Los problemas del volcán impronunciable
U na gran fiesta se dieron los islandeses en abril del año pasado, cuando el volcán Eyjafjallajökull hizo erupción y tapó a Europa con cenizas, obligando a cancelar más de cien mil vuelos y dejando varados a ocho millones de pasajeros. El motivo de risa no era el caos, claro, sino los desesperados intentos de periodistas de todo el mundo por decir dignamente Eyjafjallajökull. En Youtube abundan los videos que enseñan a pronunciarlo: sería algo así como «ay-uh-fyat-luh-yoe-kuutl-ul». Los volcanes africanos son más amables: un ejemplo, el Nyiragongo, en Congo.
Krakatoa, el escandaloso
E l volcán Krakatoa, en Indonesia, era una isla con tres conos volcánicos que en agosto de 1883 voló por los aires tras una erupción cataclísmica, provocando olas de 40 metros que mataron a 36.400 personas. Tres años después todavía había cenizas dando la vuelta al mundo. La erupción se escuchó a 4.800 kilómetros de distancia. Eso significa que si el Krakatoa hubiese estado en Iquique, el estruendo se habría sentido en Punta Arenas.
El Láscar, una bomba de tiempo
«El Láscar es una bomba de relojería», dice Morata sobre el macizo de Antofagasta. «Es un volcán muy, muy activo. La última erupción medianamente grande fue en abril de 1993. Ha tenido más de 15 eventos eruptivos de diferente magnitud en el siglo XX. Por su naturaleza petrológica claramente toda su actividad va a ser muy explosiva. En términos de peligro, al haber poca población alrededor el peligro es menor».


