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Título/Pie de foto: Gonzalo Peralta
En 1910 la colonia árabe donó un monumento por nuestro Centenario: fue demolido.
Gonzalo Peralta
El hospitalario Chile ha discriminado a los inmigrantes como de primera y segunda clase. Ya en 1865 Vicuña Mackenna destacaba en un informe oficial como deseables a los europeos, en este orden: alemanes, italianos y suizos; vascos y belgas; irlandeses, escoceses e ingleses; franceses y, al final, los españoles.
En tal escenario arribó la primera y más importante de las inmigraciones espontáneas: los árabes, especialmente libaneses, sirios y palestinos. Venían huyendo de la pobreza y opresión turca. Usaban pasaporte de ese imperio y esta circunstancia hizo que los llamaran «turcos». Humillante confusión, cuando sufrían precisamente la dominación otomana.
Lanzados al comercio ambulante, se les acusó de vulgares mercachifles que engañaban al público y perjudicaban al comercio establecido. Trabajadores, sacrificados y ahorrativos, lograron instalar lucrativos negocios. Para 1910, en plena celebración del centenario, los árabes obsequiaron un monumento conmemorativo como forma de validar su presencia y agradecer la acogida del país. La obra fue demolida por orden edilicia por considerarla «antiestética». Nada de eso ocurrió con los monumentos donados por las colonias alemanas e italianas, que aún hoy adornan Plaza Italia.
Hacia la década de 1950 los árabes incursionaron exitosamente en la industria textil, la banca y la alta política. Actualmente un monumento al inmigrante árabe da la bienvenida al barrio Independencia, tradicional sector levantino. Sin embargo el vecindario ha sido copado por una nueva inmigración espontánea, trabajadora, sacrificada y ahorrativa. Son los comerciantes coreanos, llamados ahora, despectivamente, «los chinos».


